EL TERRORISMO nacionalista vasco acaba de presentar su campaña de publicidad para el verano. Se trata de un anuncio de inserción obligatoria en todos los periódicos españoles, que será tratado jugosamente por la prensa sensacionalista inglesa y alemana, al que no harán ascos los rotativos franceses, que se redifundirá una y otra vez por las televisiones europeas y, en menor medida, por las de otros países del planeta. La cuña es un estruendo que en radio funciona bien. Se deja el sonido real durante unos segundos y luego entra la voz de locutor, especialmente subrayada después de ese momento de intriga que siempre provoca la pausa de palabras en la radio. Los testimonios de los presentes en el lugar de los hechos realzarán el verismo del mensaje; no falla: la gente que ve como habla otra gente que es como ella, se siente automáticamente identificada y piensa: «yo podía haber estado allí». El spot será largamente manoseado, pongamos en Turquía, en Croacia, en la costa yugoslava -para que luego digan, mira cómo las gastan fuera de aquí, dirá algún hotelero-, en lugares que viven del turismo y necesitan que el de al lado deje de captar visitantes para llevárselos él. La ventaja de esta campaña, entre otras, reside en su gratuidad para el anunciante. No le cuesta un duro; bueno, sí, los alquileres de pisos o coches, la pasta del artefacto, algo para gasolina, quizá unos bocadillos apurados con un par de cervezas que desinhiben. El resto sale gratis. No hay producto en el mundo, ni la Coca-Cola, que se pueda plantear semejante campaña publicitaria: horas de televisión en casi todo el mundo, kilómetros cuadrados de periódicos, horas y horas en radios. Un dineral. El efecto publicitario se acrecienta cuando todos sabemos que en julio, camino de agosto, las ideas se guardan en el interior, por el calor, y se hace preciso rebañar de cualquier parte para enjaretar la portada, para elegir el primer titular con imágenes de impacto o para buscar el sonido que saque de la siesta canicular al oyente. Como el anunciante busca casi siempre la polisemia, se ha colocado un letrero, que está tan perfectamente ubicado como para parecer de atrezzo, en el que aparece el logo de una marca política; no sé si lo cogen, se trata de que el lector establezca inmediatamente una asociación de ideas, para que, de esa forma tan subliminal que caracteriza a los creadores del producto, alguien eche la culpa a los del logo y no a los de las cervezas. Hombre, molesta pensar que habrá espectadores de guardia que dirán: ves, si ya te lo decía yo, están tensando tanto la cuerda los unos, que a los otros no les queda más remedio que anunciarse. (Este tipo de análisis es muy semejante al de aquel vecino, idiota moral en plantilla, que reprocha por igual al violador y a la violada el estado en el que ambos le están dejando la escalera). Lo único cierto del anuncio son los heridos, que en el momento de escribir estas líneas parece que podrán salvar sus vidas; los aterrorizados, que no olvidarán este estruendo; los perplejos, que no acaban de creerse lo que ocurre; los caraduras, que dicen que no es para tanto, los inmorales, que sienten que no va con ellos; los abyectos, que se aprovechan del artefacto para seguir sumando botín... Ven, casi nos sale el anuncio de la Coca-Cola.