El dios civil

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

LA HISTORIA humana es una crónica triste y deplorable. La mayor parte de la gente ha vivido pocos años y rodeada de opresión, guerra y escasez. Las civilizaciones han sido pocas y disfrutadas por élites de poder. El desarrollo económico, la libertad política y la movilidad social es cosa muy reciente y limitada a una minoría de países. Construir un orden mundial distinto, conquistar una sociedad más humana y para todos ha sido la inquietud permanente de los creadores de civilización. Primero fueron los fundadores de las grandes religiones. Como me indicaba el historiador José Antonio Taboada, las religiones tuvieron la función de advertir al poderoso que los demás tenían su misma naturaleza, que no podían ser asesinados a capricho ni por mero interés instrumental. Nietzsche atribuía a la genealogía de la moral la misma función, la de protección del desposeído contra el opresor. Por su parte, el pensamiento griego asentó sus modelos de orden universal a imagen y semejanza de los seres divinos, como modelos de referencia para la civilización. Tras toda la experiencia histórica y el avance del pensamiento durante la etapa medieval, la Ilustración del siglo XVIII construyó los modelos de los que nos nutrimos en la realidad. Al margen de sus variantes francesa o anglosajona, todos apostaron en la práctica por construir un nuevo Estado que operase como una especie de dios civil, de divinidad terrenal para hacer posibles las aspiraciones de la mayoría desfavorecida. Los liberales lo querían mínimo, productor de normas, garantía de justicia y libertad, y siempre subordinado al orden espontáneo de la sociedad civil. Pero sus políticos profesionales metieron sus narices en todo tipo de intervencionismos. Los marxistas lo concebían como una fase provisional para acabar con las manos muertas del pasado, desbloquear los intereses creados, exonerar al rico para repartir al pobre, e implantar un pueblo de ilustrados en el que hasta el cocinero pudiera dirigir el gobierno. Pero sus dirigentes reales terminaron convirtiéndolo en la más perfecta máquina de opresión. A estas alturas del siglo XXI en el mundo se ha secularizado la religión al tiempo que se endiosaban las creaciones humanas. Todavía no se ha descubierto el gen de la megalomanía, pero haberlo haylo. Los líderes prometen riqueza y desarrollo como en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces; la felicidad asistida por las administraciones si seguimos a los nuevos evangelistas laicos; la luz y el pensamiento políticamente correcto si les damos nuestros votos. Nada nuevo bajo el sol. La verdad es que si el pueblo ha mejorado se debe a los errores y las luchas entre los ambiciosos en el poder. La gente abre los ojos con la corrupción urbanística televisada, como la madrileña, no por las enseñanzas de la escuela. Y llega a la democracia por los excesos y bravatas del dictador, como por ejemplo en Alemania, Italia y ahora Irak. No por la lucha organizada de su pueblo. Todo gran avance es imprevisible, inesperado, fuera de la agenda planificada del poder. Nada está atado y bien atado. No creamos a los dioses civiles, porque, como nos decían en la escuela, los caminos del Señor son inescrutables. Y como dice el refrán, a Dios rogando, y con el mazo dando.