TUCUMÁN, esa provincia argentina donde los niños mueren a decenas desnutridos en los hospitales, ha votado al general Antonio Bussi, sanguinario torturador de la dictadura militar de Videla durante los años 70, como alcalde de San Miguel, capital de la provincia. Venció en las elecciones al candidato justicialista Vargas Aignasse, hijo de desaparecidos a manos de colegas de Bussi. Enterarme de esto por los medios me ha obligado a refugiarme en la filosofía, aunque mejor me hubiera sido acudir al esoterismo insondable de la condición humana. Este personaje, hoy anciano, está declarado «inhábil moral» por el Congreso argentino. Forrado de pasta que sacó ilegalmente de su país y domicilió en Suiza, está acusado de genocidio y reclamado por el juez Garzón... Sin embargo sus paisanos entienden, democráticamente, que es la persona que más virtudes reúne para gobernar su vida colectiva. ¿Estaremos ante un fenómeno de masoquismo, de desesperación o de locura colectiva?