ANTEAYER se publicaron los datos de un informe sobre la prostitución en España. No los leí, sino que los escuché, y eso me impide ahora citarlos con exactitud. Tampoco hace falta. El negocio mueve más de dos billones a cuenta de las pieles de, sobre todo, muchachas extranjeras captadas con engaños y sometidas a una esclavitud tan inhumana que más de dos tercios fueron violadas y un porcentaje casi tan escalofriante tentó alguna vez el suicidio. Sin contar, claro, las que murieron de otros modos, los maltratos infinitos y un etcétera que aterra desglosar. Pero ninguno de esos números, por muy espeluznantes que parezcan, me resulta tan triste como el último, el que aún no he dado: esta industria tiene más clientes que audiencia las principales cadenas de radio. Esto es lo desanimante: una radiografía demasiado averiada de nuestra salud social. Ese millón y medio de animales, que alimentan las gorduras de los clanes esclavistas, son los culpables primeros. Ellos alientan esta lacra vergonzosa y, mientras ese millón y medio permanezca, poco eficaz será lo que se intente desde las instituciones. Nada se puede pedir a los explotadores, nada a las víctimas. Pero a esos clientes aún sí: ¡Por favor, libérenlas!