DESDE QUE Silvio Berlusconi llegó a la presidencia europea, el pasado 1 de julio, la oferta del culebrón que es la política italiana se ha extendido al ámbito comunitario. Abrió la tanda de las lindezas el propio Berlusconi al comparar al eurodiputado alemán Martin Schulz con un kapó nazi. Pronto lo secundó el subsecretario de Estado de Turismo, Stefan Stefani, que se lanzó en un artículo contra esos «rubios estereotipados de orgullo hipernacionalista» que tienen complejo de primeros de la clase, se ponen ciegos de espaguetis e «invaden ruidosamente nuestras playas» (los alemanes). ¿Raro? No. Simplemente que los europeos en general no entendemos la política italiana, ayuna de profundidad, pero plagada de zalemas mediáticas, de súbitos acaloramientos, de repentinos arranques de dignidad ofendida y de un permanente verbalismo coloquial y populista. Sin un proyecto que defender, la coalición en el Gobierno ha recuperado el valor del ruido, de las frases capaces de encaramarse en un titular y de los gestos dignos de telenovelas opiáceas. Si Berlusconi no tiene un discurso para Europa, y no lo tiene, ha de llenar el vacío con algo, y ese algo es lo mismo que usa en Italia: un discurso genéricamente liberal que difunde a través de los medios a su servicio y que constituye, a la postre, eso que se llama su programa de Gobierno. El canciller alemán, Gerhard Schröder, que no ha hecho todavía el cursillo de iniciación a la política italiana, cree sin duda que Berlusconi debería destituir al lenguaraz subsecretario de Estado de Turismo, entre otras cosas porque el 40% de los turistas que recibe Italia son alemanes. Pero, ¿por qué iba a prescindir Berlusconi de un aliado que lo defiende con energía y suelta las mismas estupideces que él? ¿Con qué razón habría de castigarlo? Con sus extravagancias, el empresario-político ha conseguido adueñarse del escenario y apartar la atención de sus paisanos del proyecto de ley de televisión que se debate a cara de perro en el Senado y que tan directamente le concierne. Ante su espectáculo todos nos estamos volviendo un poco más italianos. Incluso los alemanes, que han caído como niños en su juego del «y tú más». Manifestación del Día del Orgullo Gay en Madrid: centenares de miles de personas en las calles, ilusión y alegría por verse y reconocerse y, sobre todo, por la indiferencia ciudadana ante lo que no hace tanto provocaría iras agresoras: dos mujeres o dos hombres de la mano. Con todo, el acto principal quedó pobre; los colectivos cada vez tenemos menos poder de convocatoria activista y el empresariado madrileño no hizo gala de la inventiva que nos caracteriza, presentando un espectáculo un tanto repetitivo. Y qué más da, sólo la gloria de recorrer las calles con entera libertad compensó con creces. Pero también estuvimos de grandísima enhorabuena pues el fútbol español, machista y recalcitrante, se rindió al ídolo de la ambigüedad sexual. Ha llegado El Hombre, El Toro (así lo describe la prensa), y viene a suplir la carencia de valentía entre los centenares de jugadores y directivos de primerísima división que temblaban, sólo hace unos meses, ante la posibilidad de que una revista gay diese la terrible noticia de que, como mínimo, había un jugador homosexual en esta España cañí. Ahora ya casi da lo mismo, porque el jugador por excelencia, el rey y reina que será de nuestro fútbol, ha roto las barreras del machismo aburrido, ése que no tiene otro argumento para endiosarse que lucir su desprecio a lo marica. José C. Alonso Sánchez . A Coruña. En el reportaje publicado en Los domingos de La Voz (29-06-03) titulado Algo máis que ciclismo. As orixes do Tour de Francia , el profesor Ramón Villares da la impresión de que lo ha escrito sin comprobar datos. Tal ocurre cuando se refiere a los famosos hermanos Rodríguez, de Ponteareas, añadiendo sobre Delio: «...chegou a gañar algunha edición da Volta Ciclista a España». Habría que haber concretado: Ganó la Vuelta de 1945 y su hermano Emilio la de 1950. Otro hermano de ellos, Manolo, quedó segundo en la del 50. Pero es que Delio, además, tiene tres récords de la Vuelta: Ganador del mayor número de etapas: 38. Ganador en una sola Vuelta del mayor número de etapas (12 de 18). Mayor diferencia al segundo clasificado (Berrendero); en 1945 fue de 38 minutos y 48 segundos. José S. Domínguez. A Coruña.