LA VERDAD es que Fraga no dijo ni insinuó nada sobre Mariano Rajoy. Su escueta afirmación de que la sucesión de Aznar tendría su influencia en Galicia no pasa de ser una obviedad, y en modo alguno cabe hacer elucubraciones sobre las intenciones que movieron a Fraga a suscitar un enigma, cuando el presidente se limitó a responder la pregunta de un periodista y a manejar datos y análisis que todo el mundo conoce. Así que lo único que hoy sabemos es lo mismo que sabíamos el verano pasado: que si Mariano Rajoy es elegido para suceder a Aznar, no puede venir a hacer política a Galicia, pero que, si la sucesión recae en otro, el eterno mirlo blanco de la derecha gallega puede regresar a su Santiago natal, o quedarse en Madrid ejerciendo la vicepresidencia. Hay que recordar, sin embargo, que la política no es lo que es, sino lo que parece. Y por eso tengo que reconocer que, desde que Fraga dijo lo poco que dijo, todos los que creen que sigo sabiendo algo de estas cosas me preguntan lo mismo: ¿qué te parece la elección de Mariano Rajoy para sustituir a Fraga? ¿Crees que Fraga nombró a Mariano por pura voluntad o por imposición de Aznar? ¿Cuánto hay de éxito y cuanto de fracaso en la designación de Rajoy para presidir la Xunta? ¿Crees que Rajoy volverá a ganar por mayoría absoluta? ¿Será capaz de hacer el discurso de investidura en gallego? ¿Podrá controlar las facciones del partido que están hibernando bajo el poder de Fraga? Al principio traté de eludir todas las respuestas, limitándome a llamar la atención sobre el escaso alcance real de las declaraciones de Fraga. Pero después me he dado cuenta de que lo importante de las palabras de Fraga no radica en su significado intrínseco, sino en haber despertado una idea que estaba latente en toda la sociedad gallega, y que convierte a Mariano Rajoy en la única baza segura que le queda al Partido Popular para mantener el poder en Galicia. Y eso sí que es tema para un verano que va a marcar los comienzos del futuro. Personalmente creo que el abanico de posibilidades es más amplio, y que el inexorable ascenso de Mariano Rajoy en la política gallega aún puede materializarse en una persona de su equipo -la ministra de Sanidad o el conselleiro de Política Territorial- que obre el milagro de, sin quitar su cuerpo de la Moncloa, traer a Raxoi el espíritu de Rajoy. Pero mucho me temo que esa fórmula ya no puede resolver las dudas de un político que, a base de proyectar su sombra sobre este país, acabó convirtiéndose en el único que puede gobernarlo. Por eso creo que Mariano Rajoy tiene este enorme dilema: ¿gobernar desde la sombra, o venirse a Galicia en cuerpo y alma? That is the question.