MI AMIGO Vidal de Nicolás, presidente del Foro de Ermua, solía compartir conmigo que «sin libertad no merece la pena vivir». Hoy, él sigue en la aldea profunda de esa Euskadi incapaz de encontrar la paz. Vive sin vivir, entre escoltas que lo convierten en preso bajo libertad vigilada, con una condena a muerte dictada por el tribunal de la santa inquisición del fundamentalismo nacionalista, que ha decidido neutralizar, civil y criminalmente, a la disidencia con la teoría de los derechos históricos del pueblo vasco a la construcción nacional de un Estado. Han pasado los meses, desde el pasado verano, en el que me debatía entre la dignidad para seguir en la brecha, dando la cara, jugándome el tipo, para estar en mi trinchera por la libertad, individual y colectiva, en una comunidad en la que sobra de casi todo, en cuanto a derechos sociales, y falta el respeto a los derechos fundamentales, y, de otra parte, algo en mi interior me decía que era hora de recuperar la libertad, el derecho a poder ser, sin los peajes de quien debe anteponer la seguridad a la intimidad. Tengo la suerte inmensa de ser gallego, de haberlo sido siempre, de haber presumido de tal condición, incluso de haberme valido como insulto de altos dirigentes nacionalistas, que cuando ya no tenían argumentos en la tribuna parlamentaria, me espetaban mi condición de gallego de Lugo¿ Al final, me han hecho un gran favor, y me han devuelto a mi tierra, a mi cultura, a mis raíces, a la oportunidad de emplear, en mi Mariña con los míos, todo lo que aprendí o me enseñaron, incluido lo que no se debe hacer nunca, ser nacionalista-fundamentalista. Tuve la suerte de contar con la ayuda y la comprensión de un hombre de Estado, que ha conocido como nadie las razones de la emigración, que ha sabido entender e implicarse hasta las cachas con los sentimientos de los gallegos que viven fuera de Galicia, al que le duele en el alma lo que acontece en la tierra de su madre. Hoy tengo libertad y puedo ejercer mi ciudadanía, practicar, con el corazón y sin imposiciones, el bilingüismo, sentirme muy gallego sin dejar de ser español. Justo aquellas cuestiones por las que he luchado durante casi veinte años en otra comunidad del Cantábrico, tan cercana en tiempos de recorrido, pero tan alejada en la manera de resolver sus conflictos. A los vascos les vendría bien un trasplante del alma de los gallegos que han hecho caminos por esos mundos de Dios.