SI UN COMUNICADOR satírico no hubiera inventado hace muchos años lo del hemicisco, alguien tendría que ponerlo ahora en circulación para aplicárselo a la Asamblea de Madrid, punto de atención ante la investidura de Rafael Simancas. Tal cúmulo de despropósitos jalona la historia de estos últimos veinte días en relación con la comunidad madrileña, que merecerían que hoy cubrieran la información únicamente los reporteros de Caiga quien caiga , con el Gran Wyoming de maestro de ceremonias de esta confusión. Para una parodia, delicioso material; como reflejo de la vida política nacional, impresentable. En todo este asunto hay algo especialmente preocupante. No es otro que la reciente declaración de Rodríguez Zapatero, afirmando que la crisis madrileña es el hecho más grave ocurrido en este país después del 23-F. ¿Más grave que el caso Roldán? ¿Peor que el procesamiento del difunto Mariano Rubio? El líder socialista no ha dudado. Tampoco para asegurar que el caso va a marcar un antes y un después en la vida política española. Afirmaciones demasiado grandilocuentes. Hasta ahora la única evidencia es que dos diputados del PSOE han tenido un comportamiento indigno y existen indicios de que las razones no han sido ideológicas. A partir de ahí todo son cábalas, aunque la sucesiva aparición de militantes del PP como amigos de indeseables empieza a resultar sospechosa, pero nada más. Zapatero, diga lo que diga, tiene la pelota en su tejado, y lo más que puede hacer es romper alguna teja en la casa competidora. Si tenía un serio problema, lo ha magnificado y multiplicado: si finalmente el asunto no tiene la entidad que ha anunciado, malo para él; si no es capaz de aportar pruebas, igualmente inquietante para su futuro político. Sólo un profesional de la vida pública con poca experiencia hace la apuesta que hizo Zapatero en esa declaración sin tener un as en la manga. Si lo tiene, debió lucirlo ya, o hacerlo en breve, y que caiga quien caiga.