SI EXCEPTUAMOS el corto espacio de tiempo transcurrido desde la crisis de enero hasta hoy, y si borramos el recuerdo de aquel «hombre fuerte» que iba a sustituir a Cuiña, cuyo nombramiento fue abortado a última hora, la toma de posesión de Xesús Palmou como conselleiro de Xustiza es la crónica de una vuelta anunciada, con la que empieza a perfilarse un PP de Galicia hecho a la medida de Mariano Rajoy. Hay que decir, sin embargo, que la obviedad de este nombramiento no se deduce de los hechos acontecidos en plena crisis del Prestige , sino de la posterior evolución que se aprecia en la sucesión de Aznar y de los resultados, más que pasables, obtenidos por el PP en las elecciones municipales. Por eso mentiría -y no suelo hacerlo- si les dijese que yo ya lo sabía. Y por eso les digo toda la verdad si reconozco que, lo que me resultaba imposible a finales de enero, me pareció inexorable a finales de mayo. Las causas que explican este cambio son muchas y muy variadas, y casi todas forman parte del repaso diario que le damos a la Xunta en la barra del café. Pero hay tres detalles que, por su especial relevancia, merecen ser comentados. El primer dato, ya constatado, es el rápido desinfle del cuiñismo político, que, más allá de aquella chusca reacción de los diputados de Baltar, apenas dejó rastro en el partido ni añoranza en sus resultados. Claro que en modo alguno debemos confundir el cuiñismo con Cuiña, y que tampoco sería nada extraño que el de Lalín fuese llamado cualquier día para reiniciar, humildemente, la misma carrera que quiso culminar desde la soberbia. Pero es evidente que la volatilización del poder del Deza resultó ser para Palmou un bálsamo de Fierabrás. La segunda explicación se encuentra en el constante ascenso de Mariano Rajoy, que, si puede alejarse de la Presidencia del Gobierno, parece cada vez más destinado a regir, desde el sol o la sombra, los destinos de Galicia. Y nadie debe tener duda de que esa estrategia pasa por Palmou, a quien se le da la encomienda de tutelar un proceso complejo y delicado que, si no cuajan las alternativas de la ministra de Sanidad o el propio Rajoy, puede llevar a Palmou a la casa de Monte Pío. El tercer detalle hay que encontrarlo en la quiebra de las baronías provinciales y locales del partido, que fomentaban el clientelismo más regresivo, fragmentaban la política, e impedían apuestas de futuro. Por eso digo que, al menos desde el 25 de mayo, estaba cantado el regreso de Palmou. Aunque también es verdad que este nombramiento nos trajo a los gallegos una monumental e inusitada sorpresa, al habernos enterado de que había un conselleiro llamado Antonio Pillado. ¡Nadie lo diría!