EL AMIGUETE hooligan , con carné de socio desde que era un bebé, acaba de caerse del caballo camino de Damasco y hace una grandiosa revelación a sus compañeros de barra: «Este año no voy a renovar el carné». Perplejidad total en la tertulia cervecera: ¡el mega-hincha se harta del fútbol! Y además, aporta sus razones: «Me he dado cuenta de que hacemos el parvo. Los socios lo pasamos de pena si el equipo palma, cuando en realidad a los jugadores les importa un carallo». Raro será el noctámbulo de Vigo o A Coruña que, en una jornada nefasta para el Celta o el Dépor, no se haya encontrado a un grupillo de millonarios del balón festejando hasta el alba en un garito chic lo mal quehan jugado. Si el pagano tiene la osadía de interpelarlos, pueden pasar dos cosas: que los cracks le respondan con una bordería desabrida, o que invoquen el mítico tópico de «esta es nuestra vida privada». Pero el concepto de privacidad cambia cuando hablamos de deportistas de élite (que entrenan dos horas al día) y que se embolsan en un año lo que una persona al uso no ganará en su vida. Lo privado se torna elástico ante unos personajes públicos que reciben tratamiento VIP, que llegan a ser calificados por algún político de «ejemplo para la nueva juventud». La perrencha de Raúl (exigiendo hablar con el alcalde ya, porque al señorito le apetece encaramarse a La Cibeles); el pulso chulesco que le ha supuesto el despido a Hierro; o el desprecio de Ronaldo (que se queda a dormirla mientras la afición lo espera para adorarlo) sacan a la luz la enorme tontuna que rodea al fútbol. Es un error convertir en dioses sociales a chavales de veintipico años que cobran más de cien kilos al año. La suma de mucha pasta, poco bachiller y mucha adulación da casi siempre el siguiente resultado matemático: un cretino.