Odiseas del espacio

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

XURXO LOBATO

CON LA RECUPERACIÓN del espacio público parecen haber renacido la estatuaria y la escultura urbana. Junto a algunas actuaciones plausibles que integran el arte contemporáneo en el paisaje de la ciudad proliferan, por la contra, en cualquier retazo de suelo libre objetos diversos en los que lo más chocante suele ser la escala, que abandona la sabiduría canónica de las artes espaciales por la desproporción y lo kitsch . Hasta la irrupción del movimiento moderno, arquitectura y escultura eran complementarias, cuando no la misma cosa. Desde Grecia y Roma hasta el eclecticismo del siglo XX, la arquitectura representativa se cubría con una piel artística y la escultura rellenaba huecos y añadía prestancia a los edificios. En las plazas, el monumento era como un eco de la arquitectura que las construía y centraba. De esa simbiosis en la que ambas artes se funden en un mismo concepto surgieron esos conjuntos monumentales que hoy nos conmueven. El movimiento moderno excluyó toda ornamentación, según el principio de que era la propia función la que tenía que determinar la forma del edificio. Desde entonces, arquitectura y escultura emprendieron caminos más independientes e incluso a veces contradictorios. En los ochenta la cultura urbana recupera el sentido del espacio público que lo moderno había obviado, y se abre paso un nuevo concepto de paisaje, ya sea natural o construido. Arquitectura y escultura vuelven así a reconciliarse. Al arquitecto suelen atribuírsele los volúmenes geométricos, la ordenación del espacio, y, sobre todo, la resolución del programa y la función, lo que le obliga a producir objetos racionales . El escultor, a su vez, puede conformar el espacio público creando un lugar, por sí solo o en compañía de la arquitectura contigua. En cambio, en el museo o el centro de arte ambos compiten abiertamente, porque el continente tiende con frecuencia a imponerse al contenido. Pero hay propuestas perfectamente equiparables: Dan Graham utiliza fórmulas geométricas para construir sus estructuradas esculturas; Frank Gehry recurre a la modelación escultórica en edificios irracionales como el Guggenheim de Bilbao o el Rasin de Praga. Todo buen arquitecto tiene interés por ese objeto irracional llamado escultura, ya que el escultor cuenta con más posibilidades de experimentar tanto con el material como con la forma, pero también con el vacío. ¿Y qué es el vacío? Podríamos decirlo con un símil musical: el vacío es al volumen como el silencio es a la música, una parte esencial de la partitura que hay que saber sentir y expresar. Para ilustrar el papel tectónico de la escultura, valgan dos intervenciones de Leopoldo Nóvoa, sin duda el más importante pintor abstracto que tenemos en Galicia. En la cantera de Santa Margarita de A Coruña creó un nuevo lugar urbano tapizando la pared de roca; sería bueno, por cierto, que el Ayuntamiento concluyera esta obra inacabada. En el antiguo cementerio de Bonaval de Santiago el artista se acoge al silencio buscado por el arquitecto, evocando el ámbito ritual donde se realiza la comunicación con lo trascendente. Partiendo de la complejidad de su relación, arquitectura y escultura están llamadas a entenderse, a alcanzar una alianza creadora en sus odiseas espaciales.