REGRESAN de un pasado todavía cercano, la España negra de los convolutos, de los maletines, de las comisiones, de la corrupción, que degradan la lectura política más noble de la democracia. A la hora de pasar las más abyectas páginas de un tiempo luminoso, oscurecido por envilecedoras prácticas económicas de corte -aquí hay que poner énfasis en los adjetivos- gansteril y mafioso, volvemos a ser víctimas de un síndrome convertido en pandemia y que creíamos estaba erradicada. La patología de la corrupción está demasiado internizada en nuestra sociedad, y muchos años después de que la derecha inventara la patente de corso, tiene que ser la izquierda quien persevere en revolcarse en los lodos que producen las alcantarillas del poder. A la izquierda se le llena la boca en los mítines reclamando lecturas éticas para el discurso político; a la izquierda solidaria y regeneracionista, en la que me ubico complacido, le toca siempre bailar con la más fea. Será acaso porque no exige el nivel deseable a sus cuadros, porque ha jugado en los últimos años a primar cierta lealtad al aparato del partido y a penalizar la inteligencia, a denostar la crítica independiente y magnificar la sumisión a las consignas orgánicas. Y así nos luce el pelo. Zapatero ya no es la fuerza tranquila, en traducción libre del viejo eslogan francés. No se ha puesto el guante de terciopelo para proteger una supuesta mano de hierro, y la debilidad de su discurso se escucha por los valles vacíos donde crece el silencio. Zapatero, y nunca mejor dicho, no tiene quien le escriba, no tiene quien rearme la buena nueva de una socialdemocracia para este milenio recién nacido, no ha sabido renovar el mensaje para ese par de millones de jóvenes españoles que están contra el desprestigio , en contra de la guerra, y son enemigos decididos de la arrogancia y prepotencia de la derecha como forma de gobierno. La mejor generación de chavales españoles de todos los tiempos está deseando encontrar un líder que sea capaz de ilusionarlos y devolverles el respeto por la democracia y la gestión pública. A Zapatero le crecen los enanos. Y esos dos delincuentes políticos asociales y sinvergüenzas, de cuyos nombres no quiero acordarme, han matado miles de esperanzas jóvenes, las de una España que no quiere tener heridas civiles en su memoria democrática. Es muy difícil; yo no puedo contarle a mis hijos, que habían recuperado, después de una guerra estúpida, la pasión por ejercer sus derechos ciudadanos; yo no puedo, ni quiero, ni debo, contarle a mis hijos que la traición es un viejo castigo bíblico, que no tenemos remedio, que todavía hoy, en esta España que va bien, existen prácticas que son delitos de lesa patria, que están vigentes los convolutos, los maletines llenos de dinero, las comisiones, la corrupción que todo lo pervierte, que está pasando la hora de las ideologías cuando todavía pensaban que este mundo iba a dejar paso a otro más creíble, más viable, más humano, más honesto, más ético. Pero una vez más la humana condición, la misma de las bajas pasiones subvencionadas, ha derribado el castillo de arena que poco a poco y durante muchos años, con esperanza, fuimos levantando junto a la orilla de la mar. Otra vez se lo han llevado las olas.