COMO en las historias de amor, fue hermoso mientras duró. Adolfo Suárez Illana era el hijo de la transición que prolongaba las emociones de la transición. Así lo vimos cuando Aznar lo embarcó en la aventura de enfrentarse a ese monstruo de la política que es José Bono y, de paso, vestirse con el traje del centrismo, que tan lindo queda en las contiendas electorales. Ayer, cuando recordábamos las palabras de Aznar, identificando al hijo de Suárez con la evidencia de que el cambio llegaba a Castilla-La Mancha, era inevitable pensar lo frágiles que son las proclamaciones políticas y qué pronto se las lleva el viento. Suárez Illana hizo lo que pudo, que no ha sido mucho. Apareció en campaña con el enorme patrimonio de su apellido, pero con otro enorme déficit: era el «yerno del rico del pueblo», como le dijo Rodríguez Ibarra. Cometió pecados de juventud. No encontró un mensaje capaz de arrancarle un solo voto a Bono. Al final, fue uno de los grandes derrotados de las elecciones. Y algo peor: resultó un candidato de usar y tirar. Aznar lo usó, se benefició del barniz suarista que le convenía y lo dejó caer sin mover un músculo. Así pasa la gloria del mundo. Con su gesto de renuncia -que significa una retirada de la política-, el joven Suárez ha demostrado, además, que no tenía vocación por la cosa pública. O tenía todo el poder, la presidencia del partido en Castilla-La Mancha, o se retiraba. Eso cuentan los rumores. Y como Aznar no quiere nada con perdedores, lo dejó marchar. Suárez Illana no valía para consumir horas-culo en un parlamento autonómico, ni tenía paciencia para esperar cuatro años la caída de su adversario, ni tenía necesidad de hacerlo. No lo necesita para vivir. Y además, no mamó la política desde abajo. No supo lo que era el ascenso a base de méritos y sacrificios. Entró en la contienda como elegido por el todopoderoso. Y seguramente se lo creyó. Al final, resultó todo lo contrario que su padre, que se definía como «un chusquero de la política». Algún hijo de viejo chusquero nace siendo teniente general.