Cuando menos se piensa...

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

...SALTAN los tránsfugas. O, al menos, los que amenazan con adquirir tal condición si la mayoría no se pliega a sus deseos. Eso es lo que ayer aconteció para sorpresa de todos, salvo de Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, en la Asamblea de Madrid. Que dos diputados del PSOE decidieron someter a su partido a un chantaje intolerable: o se hace lo que los dos diputados dicen que hay que hacer (no coaligarse con IU) o no apoyarán al candidato socialista en la votación de investidura, dejando que se alce con la presidencia de la Comunidad el Partido Popular. Lo que está, por tanto, en discusión, no es si los pactos entre el PSOE e IU son positivos para el futuro del primero, o si debe gobernar quien tiene 55 diputados (el PP) o quienes juntos suman uno más. Ambas cuestiones son, sin duda, de interés, y claramente son susceptibles de opiniones divergentes. Pero no es ese el asunto que la bochornosa traición de los dos diputados socialistas ha puesto en primer plano: el asunto es el de si resulta presentable que dos diputados elegidos en una lista de partido decidan romper la disciplina en una cuestión que afecta de modo tan central al mandato que han recibido del cuerpo electoral. Sé muy bien que legalmente, tras una jurisprudencia del Tribunal Constitucional tan contundente como errática, los dos diputados pueden culminar su fechoría y seguir ocupando, tan tranquilos, sus escaños. Pero el que tal cosa sea legal, no quiere decir que sea moral ni democrática. Desde el punto de vista moral la cosa no ofrece muchas dudas: si los dos diputados discrepantes consideran que el pacto PSOE-IU resulta inaceptable, la salida es evidente: deben dejar sus escaños disponibles para que sean ocupados por quienes no tengan tales escrúpulos políticos o ideológicos. La cuestión es más grave aun desde la perspectiva de los comportamientos democráticos: dos diputados muy conocidos en su casa a la hora de comer (Tamayo ocupaba el puesto 13 de la lista y Sáez ¡el 46!) ponen en jaque un resultado electoral y traicionan el sentir mayoritario de los votantes socialistas, violando con ello una regla elemental del parlamentarismo, que Giovanni Sartori explicaba hace años con esta claridad: «El hecho es que un gobierno parlamentario no puede gobernar sin apoyo parlamentario; ese apoyo significa que los partidos que apoyan al gobierno pueden realmente entregar los votos de sus representantes y esto a su vez quiere decir que tienen la capacidad para imponer una votación uniforme». Joaquín Leguina ha dicho ayer que los dos diputados alevosos habían sido propuestos por nuestro paisano José Blanco. Pues ha hecho un pleno: dos de dos.