SEGUIMOS inmersos en un mar de dudas. Las agotadoras explicaciones del ministro Trillo, ante la Comisión de Defensa del Congreso, sobre el accidente del avión ucraniano Yakolev-42 en Turquía, que deja un saldo de 62 militares españoles muertos, no ha servido para clarificar las causas de la catástrofe. Trillo habló de casi todo excepto de lo que se esperaba. De si la tragedia pudo o no ser evitada. Dadas las dimensiones de la catástrofe, las explicaciones del ministro supieron a poco. Fueron insuficientes. Porque no se puede despachar una comparecencia de estas características parapetado en el «fallo humano». Horas antes había hecho el mismo ejercicio Álvarez Cascos ante los hierros aún candentes del accidente ferroviario de Chinchilla. Parece como si tratasen de superar sus responsabilidades con los fallos humanos. De la comparencia del ministro Trillo y de los grupos de la oposición, sí queda una idea clara. Que las operaciones de retorno de los militares desde Afganistán son una chapuza. El deficiente funcionamiento de los aparatos, de las inspecciones, las sorprendentes fotografías del deterioro de los aviones, los ambiguos contratos, todo contribuye a que nos quedemos con la idea de que nos hallamos ante un caso de irresponsabilidad y dejadez absolutas. El ministro Trillo, a falta de las conclusiones de la investigación, trató de salvar su comparecencia como pudo. Pero no lo consiguió. Quedamos como estábamos. Sin saber por qué no se actuó con premura para evitar la tragedia. Por mucho que él insistiese en que todo se realizó correctamente, nos dejó la duda. Porque llueve sobre mojado. También el ministro Trillo, cuando las playas gallegas estaban asfaltadas por el chapapote aseguró que las veía esplendorosas. Ayer no se atrevió a tanto.