La rotación de las élites

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

EL CLÁSICO italiano Vilfredo Pareto entendía la dinámica social como una lucha entre élites para controlar las palancas del poder. Para él las elecciones representaban un momento de la competencia entre las élites en el gobierno frente a las élites subordinadas que intentan desplazarlas. En las democracias, las elecciones son un ritual para rotaciones pacíficas, para cambios sin violencia. Pero una vez realizadas se inicia otra fase, que es la de asignación de rangos de prevalencia entre los grupos en liza. Es un paso tanto o más difícil que la lucha electoral externa. En ésta los escaños y cargos se atribuyen de forma precisa, siguiendo las reglas de juego legales. Los votos deciden las cuotas de poder, tamizados por el peso de las circunscripciones y el sistema de reparto de escaños. Después aparece la fase interna de su interpretación, que siempre da lugar a luchas por la reorientación de espacios de influencia interna. Resolver este asunto es la cuestión más difícil a la que se enfrentan los partidos políticos. Michels advirtió de las resistencias de las oligarquías interiores para ajustarse a los cambios de las corrientes sociales. Las jerarquías consolidadas se resisten tenazmente a ceder cuotas de influencia aun en contextos que evidencian su desajuste a las prioridades sociales. Prefieren que su organización se hunda antes que abandonar el poder. Arrastran a sus siglas hacia la decadencia imparable y sólo sucesivas derrotas irreparables propiciarán las condiciones para que otro grupo renovador pueda reemplazarlo. Las elecciones en Galicia han evidenciado que todos los partidos tienen mucho que cambiar. Ninguno arrojó resultados homogéneos que revalidaran a sus dirigentes de forma generalizada. En unos municipios, en determinadas provincias, en ciertos tipos de tamaños y localizaciones territoriales han estado bien; en otros no han pasado de resultados aceptables y en otros han fracasado sin atenuantes. Extraer las lecciones de los hechos no les será fácil, los afectados se resistirán al límite de sus fuerzas. Chantajearán con la amenaza de la escisión, la disidencia y el desgaste. Es el momento, si no de los estadistas, al menos de los grandes políticos, la piedra de toque de los dirigentes con visión de futuro. Nadie tiene, como la vieja Democracia Cristiana italiana, un código Cencelli que mida exactamente la influencia interna de cada corriente y de cada notable. Han de sacar su visión, esa característica que Isaiah Berlín detectaba en los grandes líderes, la capacidad de sintetizar creativamente todos los desafíos en juego. Y que los partidos lo hagan bien es muy importante para el futuro de Galicia. Ya que la persecución de sus intereses personales, pero en un contexto de libertad competitiva y alto interés por la vida pública -como demostró la alta participación-, puede conducir de forma indirecta a la preservación de los intereses de toda nuestra sociedad. Por eso es deseable que afronten su rotación interna de élites y renueven sus ofertas políticas, por el bien de todos los gallegos.