París, ciudad en espejo

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

DE LA LUTETIA romana al burgo medieval de mercaderes y peregrinos a Compostela; del escenario de la auctoritas de Richelieu y las andanzas de los mosqueteros al paradigma de la revolución burguesa que expulsa el antiguo régimen, París se construye durante todo ese tiempo con un pálpito urbano de estratos aún identificables. Napoleón III y Haussmann agitan su fisonomía con una taquicardia de destrucción y construcción que seguramente dejó perplejos a sus habitantes. Lo poco que queda de la huella histórica, el Marais judío, se salva gracias al plan de conservación desarrollado por Malraux. Después, en los años 70, se alternan operaciones equivocadas, como el Forum des Halles que derriba el mercado de hierro de Baltard -los errores en arquitectura duran una eternidad- con otras más acertadas, como el centro Pompidou de Rogers y Piano. La era Mitterrand y su interpretación de la diferencia francesa produce otra oleada de grandes actuaciones, algunas finas y sincréticas como la intervención de Pei en el Louvre, otras colosales como la Biblioteca Nacional de Perrault o el gran arco de la Défense, la operación especular por antonomasia, réplica explícita del de L'Étoile, bien situado en el extradós urbano. Hoy París se mueve con un ritmo constructivo más sosegado. A través de los sucesivos avatares, prevalece la imagen del París compacto, ordenado, homogéneo, una ciudad en espejo donde toda la arquitectura y la urbanística parecen iguales, ya sea en las calles estrechas y curvilíneas del Barrio Latino, que respetaron la traza histórica, o en la prestancia de los edificios burgueses de los nuevos bulevares. La atención no se fija en nada concreto, ya que las fachadas parecen repetirse determinando un molde que forma el espacio público. Al caminar, acaso se mira de vez en cuando hacia atrás, a diferencia de lo que sucede en otras grandes capitales, Roma, Berlín, Nueva York, donde la contemplación de la singularidad de los edificios puede producir tortícolis. Esa monotonía, esa sensación de cierto hastío, de calles intercambiables que se yuxtaponen, conforma los mejores espacios públicos, avenidas y plazas que precisamente por su categoría en muchos casos se asfaltan, o bien se dejan en tierra. Al recorrer los paseos tradicionales, entre tensiones de tráfico muy elevadas, notas que a pesar de ese inconveniente, eres dueño y señor de tu promenade , porque además de la belleza reiterativa del conjunto, es la ciudad mejor arborizada de Europa. Cuando los reflejos especulares de la ciudad perfecta resultan cansinos, te acercas a las orillas del Sena y entonces, como en otro espejo, puedes ver la margen donde te encuentras reflejada en la de enfrente. Pero lo realmente atractivo es que si quieres alcanzar la orilla opuesta tienes que recorrer tu borde hasta encontrar uno de los contados puentes, ejemplo de lo que se debe hacer en las ciudades con río, en vez de llenarlas de pasarelas que rompen el misterioso diálogo entre las dos riberas. La respuesta de los ciudadanos a este gran inmueble ordenado y repetitivo ha sido y sigue siendo llenarlo con una riquísima actividad cotidiana, de forma que cada barrio o sector funciona como un pequeño pueblo que hace que nos sintamos como en casa.