JOSÉ MARÍA Aznar puede estar tranquilo. Y Javier Arenas también. Los resultados de las elecciones del domingo así se lo indican. Pese a la campaña zafia y vulgar. Pese a que los atributos sexuales compartieron protagonismo con la Ley de Extranjería. Pueden estar satisfechos y serenos. Quien no puede estarlo tanto es Zapatero. Por mucho que José Blanco, radiante de felicidad, haga lecturas exultantes. Los socialistas han ganado las elecciones municipales y autonómicas por tan escaso margen que es lo mismo que decir que las han perdido. Darse por satisfecho con 100.000 votos de diferencia es de una simpleza y de una candidez preocupante. Lo que los electores españoles les dijeron a los socialistas es que todavía no los consideran maduros para la gobernabilidad. Lo que le dijeron a Zapatero es que su pretensión de llegar a la Moncloa precisa de más liderazgo, más solidez, más arrojo y, sobre todo, más ideas. Si Zapatero cree que con la estrategia que mantiene va por el camino del éxito, está equivocado. Aunque se lo diga José Blanco. La tibieza de sus planteamientos, el seguidismo en asuntos claves, la ausencia de vigor y lo amorfo de su discurso lo colocan prácticamente fuera de aspirar a una victoria electoral. Los únicos socialistas que pueden sonreír son los gallegos. Si el PP de Galicia ha de realizar unas jornadas de convivencia y reflexión para analizar lo que le ha ocurrido, bien estaría que les acompañasen los socialistas españoles. Y, sobre todo, que no se engañasen. Porque ya decía Ralph Emerson que «únicamente puede llamarse a engaño de la vida quien a sí mismo se engaña». Causa admiración ver a Zapatero diciendo que ha ganado. Pero también causa tristeza. Porque supone que el líder de la oposición, la alternativa de gobierno, está en la inopia.