HAY OCASIONES en que aquella canción que decía «la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios!» se convierte en una verdad como un templo, una verdad tan incómoda como cualquier templo en el que le metan a uno por sorpresa y a destiempo. Y como las sorpresas, al igual que las desgracias, no suelen venir solas, su incomodidad se multiplica habitualmente hasta producir una situación personal de violencia espiritual sumamente embarazosa. Y eso es lo que me pasa, que me veo y siento en una situación verdaderamente embarazosa. Yo no me he tomado una copa en la vida con José María Mendiluce, candidato de Los Verdes a la Alcaldía de Madrid y hombre tan experto, a mi juicio, en el oportunismo como hábil en la inflamación del ego y en la manipulación de lo que le pille a mano. Con quien sí que me he tomado unas cuantas copas es con Joaquín Sabina, un poeta y cantautor al que admiro sin ningún tipo de ambages. Claro que nadie es listo y hasta genial, o tonto e incluso lerdo, en todo lugar y tiempo. Ni son muchas, desafortunadamente, las admiraciones que resistan la casi siempre aviesa presión de las circunstancias. Cuando Sabina y el director de cine Mariano Barroso se alzaron contra José María Mendiluce en el madrileño Círculo de Bellas Artes, sólo les faltó tildarlo de maricón de mierda. Si no lo hicieron debió de ser porque la gente de las artes y la cultura mide mucho sus palabras aunque no tanto, al parecer, su alcance. Y menos mal que Sartre se equivocó cuando dijo aquello de que «las palabras son balas», pues de no haberse equivocado, Mendiluce habría salido de allí bastante cosido a balazos. Bien es cierto que Sabina y Barroso no buscaban otra cosa que coserle la boca y descoserle de su candidatura que, según ellos, no representaba otra cosa que un voto útil para la derecha y una sangría de votos para la izquierda útil . Pero no da la impresión de que sean tantos los lobos inclinados al pastoreo de Mendiluce, quien tampoco parece que se haya visto ni en sueños en tan plenipotenciaria dimensión de su perfil político, sobre todo cuando resulta bastante más evidente que sus sueños tienen más que ver con la vocación -nada insólita, por otro lado- de prolongar una vida diestra en vivir del cuento. Pero las prendas que adornan a Mendiluce no son ajenas al atuendo de Sabina y de Barroso. Stendhal dejó muy claro que el egotismo es propio de los artistas, y ¿qué sería de los artistas sin el sentido de la oportunidad y sin la destreza en la manipulación de sus materiales? Son artesanías sin las que el arte no podría aspirar a lo que sea que aspire. Como tampoco podría sin el derecho a decir y hacer lo que sea que le venga en gana y considere idóneo para sus aspiraciones. Un derecho que no puede sufrir merma en cuanto se refiere a Mendiluce sin que merme la democracia. ¡Anda que no tiene narices tener que andar escribiendo estas cosas a estas alturas! Son derechos presididos por el derecho más demócrata de todos los derechos, que es el derecho a equivocarse, y que corre parejo con el deber de mantener alejadas las prácticas cuatreras y evitar todo lo que signifique engrandecer los martirologios y ahondar las vicisitudes de la virginidad.