UN FANTASMA agridulce recorre España: los socialistas han ganado en votos al PP, pero se han quedado con las ganas de confirmar en las urnas su condición de candidatos con posibilidades de volver a la Moncloa en las elecciones generales del 2004. Posiblemente, con el paso del tiempo, los dirigentes del PSOE van a tener una digestión más complicada del resultado, después de la noche de los primeros datos, trufados siempre de emociones equívocas. Da la sensación de que el PSOE no ha sabido traducir en alternativa política viable el nivel de irritación y movilización desplegado en la calle con motivo de la guerra de Irak, del drama del chapapote y de la derechización del Gobierno. Aznar, con un estilo que puede gustar o no, ha inyectado dosis de confianza en su electorado -que empezaba a no sentirse orgulloso de su voto, al igual que el socialista en el 93-, ha mantenido la posición y ha frustrado las expectativas de cambio. Socialistas e IU no han recogido en las urnas lo que esperaban a tenor del ruido de la calle. Ocurre con frecuencia. Uno habla con determinada gente y concluye que la opinión de la calle va por un lado, pero ocurre que la gente es una masa indeterminada, que no siempre está en la calle por la que uno transita, y con la que resulta imposible hablar en todos sus matices. En los primeros años de la democracia, en los mítines del PCE, se gritaba: «Aquí se ve la fuerza del PC». El calorcillo de aquellas terapias de grupo hacía proclamar a sus asistentes: si aquí están las cosas así, no quiero ni pensar qué barrida pegaremos en las elecciones. Lo cierto es que prácticamente todos los votantes estaban en el mitin y los que no hacían mítines tan entusiastas ganaban luego las elecciones. Esta frustración ha llevado a algunos a hablar incluso de podredumbre de la democracia, pero lo cierto es que la democracia es eso: computa igual el voto del que se moviliza en la calle que el del que se queda en casa. Los datos se pueden agarrar por diversas solapas, pero haría mal el PSOE en no ver el mensaje que, a mi juicio, le ha mandado el electorado: no están maduros aún para sustituir al PP. Un dato poco comentado, pero muy expresivo: los socialistas han perdido cinco diputaciones en Andalucía y las alcaldías de Granada y Almería, esto en el denominado feudo socialista por antonomasia. Pierde la mayoría absoluta en Asturias, no gana la alcaldía de Toledo ni la de Badajoz, y en Barcelona pierde cinco concejales. Gana en Zaragoza, pero pierde Baleares. En Madrid gana la comunidad con la suma de IU, pero se da el batacazo en el Ayuntamiento con una candidata ojito derecho de Zapatero. Los relativamente buenos resultados de Galicia, en cuanto a votos y poder municipal, no enjugan la sensación de que se esperaba más. El PP, en uno de los momentos en los que ha ofrecido una faz más militantemente antipática, aguanta el tipo, ¡recupera Baleares! -después del chapapote y la ineficacia- y presenta en sociedad a un candidato que no hace más que ganar: Alberto Ruiz Gallardón. Un simpatizante socialista me comentaba que de no hacer un análisis a fondo y una corrección del rumbo, el PSOE correría el riesgo de perder las generales del 2004 y, quién sabe, de tener como adversario a Ruiz Gallardón, en el 2008.