CUANDO hablamos de la imagen que Galicia exporta acostumbramos a referirnos a los sectores de la moda, de las nuevas tecnologías, de la investigación farmacéutica y de la industria del automóvil. En pocas ocasiones tenemos en cuenta el mundo de la cultura. Nuestros escritores más brillantes suelen ser olvidados. Y a nuestros músicos y actores ni los consideramos. La película O lapis do carpinteiro ha superado ya los 125.000 espectadores. En sólo un mes. La novela de Manolo Rivas, llevada al cine por Antón Reixa, con una participación casi absoluta de actores gallegos, está recibiendo una extraordinaria acogida por los espectadores españoles. Como en su día tuvo el libro en el que se basa. Pero seguimos sin querer enterarnos. Pensamos que Galicia sólo es paisaje, lacón con grelos y filloas. Pensamos que Galicia no es más que parques eólicos y casas de turismo rural. La playa de las Catedrales y el faraónico proyecto del estadio de Riazor. Nos sale el sarampión cada vez que tenemos que reconocer que uno de los nuestros alcanza la gloria. Estamos empeñados en ocultar que la cultura es una de nuestras mejores tarjetas de visita. Nos negamos a reconocerlo. Porque son disidentes. Críticos. Inconformistas. Y así nos luce el pelo.