EN LA NOCHE electoral siempre sucede lo mismo. Primero gastamos el tiempo y el fósforo en hacer análisis sobre unos avances de resultados que finalmente no se confirman. Después nos quedamos boquiabiertos al ver cómo los técnicos en demoscopia tratan de convencernos de que ellos tenían el dato exacto, aunque, por haberlo obtenido después del domingo de encuestas, no pudieron publicarlo. Finalmente nos vamos a cama mientras los líderes políticos nos informan de que nadie ha perdido. Al día siguiente, cuando los periódicos nos dan los resultados trillados, tenemos la sensación de que el tema está reseso, de que la noche electoral se llevó el morbo de la contienda. Y ese es el momento en que, después de beber un sorbo de café, dejamos la política y nos vamos a los deportes, para ver cómo los entrenadores del Celta y del Deportivo transforman su previsible empate en dos rotundas victorias, mientras uno dice adiós a la Champions y el otro pierde contacto con la Liga. Pero este año será muy distinto, siempre que usted use el fabuloso derrotómetro , o medidor de derrotas, que ahora le brindo. Porque el domingo que viene se juegan cuatro ligas: una de Primera División, en la que el PP y el PSOE compiten por el Gobierno del Estado; otra de Segunda A, en la que CiU y PNV se juegan sus feudos territoriales y su condición de bisagras de la política estatal; y otra de Segunda B, en la que militan, además de Llamazares, el BNG, las AI Canarias y todas las formaciones que optan a parcelas de poder autonómico. Finalmente hay una liga local, en cada concello, que siempre gana el partido que pone alcalde. La liga de Primera la ganará el PSOE siempre que supere al PP en más de medio millón de votos, y si con esos votos consigue mantener todo el poder que tiene y ganar algunas cosas que no tiene, entre las que cabe señalar las alcaldías de Madrid, Zaragoza y Vigo, o las autonomías de Madrid y Valencia. En caso contrario, si la victoria socialista precisa de elucubraciones, habrá ganado el PP. El campeonato de Segunda A lo ganarán el PNV y CiU si fortalecen sus posiciones territoriales. En caso contrario, si Cataluña apunta a Maragall, o si los vascos entregan las diputaciones forales y el Ayuntamiento de Bilbao a la coalición PSOE-PP, los nacionalistas habrán perdido. En Segunda B, finalmente, sólo se pueden ganar trofeos regionales y de percepción evidente, y por eso el BNG se juega casi todo a las cartas de Vigo y Ferrol. Y es que la noche electoral hay que verla como la liga de fútbol. Primero saciamos la curiosidad en el nivel local, y después damos el salto a la Primera División. Porque eso es fútbol, y todo lo demás puro contexto.