AGUSTÍN Ibarrola tiene una cualidad poco común: está siempre del lado de los que reciben las bofetadas; camina siempre por la acera complicada de la vida, allí donde se colocan aquellos que actúan conforme a una conciencia comprometida, sin cálculos de interés personal, asumiendo los riesgos, pero sin vocación de héroes. Es un artista singular, un escultor, un pintor que ha estado en la vanguardia del arte español. Sus obras se pueden ver en distintos lugares de España: País Vasco, Asturias, Salamanca, Galicia y también en otros de Europa. En el terreno artístico es un creador que ha roto esquemas y que ha apostado por una estética renovadora, con el mérito añadido de hacerlo en un país en el que no había libertad y todo lo no oficial era considerado subversivo. En tiempos de Franco, Ibarrola militó en el clandestino PCE, estuvo en la fundación de las entonces ilegales CC. OO. y penó seis años en la cárcel por su lucha en pro de la libertad. Algunos de sus cuadros eran extraídos de la prisión a escondidas y después se vendían. El dinero iba para el PCE. Ya entonces llevaba Ibarrola una enorme chapela negra debajo de la cual asomaban sus rizos. Durante años, decir Ibarrola significaba pensar en artista, en vasco y en comprometido. Con la llegada de la democracia en España, no llegó la libertad al País Vasco. Hoy Ibarrola es también un símbolo de la lucha por la libertad. Los terroristas nacionalistas han destrozado su bosque de Oma -un lugar mágico-, han talado brutalmente sus árboles, han arrancado a hachazos sus dibujos, pintados en el corazón del tronco de muchos pinos, han arrojado pintura encima. La imagen de Agustín flanqueado por dos guardaespaldas, subiendo cansinamente la cuesta a su bosque maltratado, es de las más conmovedoras y tristes de las muchas que se pueden ver en el País Vasco. He tenido ocasión de charlar durante horas con este hombre ejemplar y con su mujer, Mari Luz, gemela en calidad humana de su marido. Sigue sin entender nada. No comprende cómo puede ser odiado, no entiende cómo jóvenes entrenados en el odio le destrozan sistemáticamente su obra, le duele que el alcalde de su pueblo, nacionalista del PNV, no haya tenido jamás ni un mínimo gesto de solidaridad, no ayude en absoluto a sacar adelante un bosque que cada año atrae a miles de visitantes, no le cabe en la cabeza que haya gente que no lo considere vasco por no ser nacionalista. Pero ahí sigue, como una roca. Ha levantado una espléndida escultura en memoria de las víctimas en la localidad vizcaína de Ermua, símbolo de la insurrección cívica de los vascos contra la dictadura y el miedo. Agustín es un hombre pegado a una pancarta y resulta casi impmosible ver una manifestación contra el terrorismo en el País Vasco en la que no aparezcan Agustín Ibarrola y su esposa Mari Luz en primera fila. El pasado domingo Agustín ha sido homenajeado, primero porque se lo merece y, desde luego, para fijar una posición política clara: el apoyo a los partidos constitucionalistas en el País Vasco, al PP y al PSE-PSOE, con los que se identifica Agustín. Una de las imágenes más tiernas que tengo de Ibarrola es la del creador vasco de izquierdas, rodeado de jovencísimos concejales del PP que no han conocido en su vida otra dictadura que la de ETA. En el homenaje hubo gentes de la cultura, del PSE-PSOE, del PP, ningún nacionalista, y una ausencia estruendosa: nadie de IU; ningún representante de lo que queda del PCE de Euskadi tuvo un minuto para acercarse a devolver a este hombre una mínima parte de lo que él entregó a esa organización durante años. Corren malos tiempos para los violentos en el País Vasco, verán como, más pronto que tarde, empiezan a aparecer miríadas de gentes que dirán a gritos que ya desde pequeños ellos lucharon contra ETA, será uno de los síntomas del final de la pesadilla. Lo cierto, como en tiempos de Franco, es que sólo un puñado de ciudadanos hemos estado contra la dictadura de ETA desde hace años, entre ellos, entonces y ahora, de forma destacada, Agustín Ibarrola y Mari Luz.