Contaminación electoral

| MANUEL-LUIS CASALDERREY |

OPINIÓN

ME ENTRÓ la risa floja y aún tengo el nervio risorio destemplado. En el primero de los magníficos resúmenes que ofrece La Voz (9-5) sobre las promesas electorales, la mayoría de los partidos políticos ofrecen acabar con la contaminación acústica en las ciudades. Ese mismo día, el primero de campaña, los automóviles con altavoces gritan al viento los eslóganes y dan horas de mítines y participaciones. Mal comienzo. En la ley de protección contra la contaminación acústica (DOG 20-8-1977) y en el reglamento que la desarrolla (DOG 27-5-1999) se dice claramente que no se permitirá el empleo de ningún dispositivo sonoro con fines de propaganda. Ignoro si la electoral es una excepción (casos de alarma, urgencia o especial significación ciudadana). Aun en ese caso, es obligado respetar las zonas de alta sensibilidad acústica (sanitarias, docentes), en las cuales el nivel de presión acústica equivalente no puede pasar de los 60 dB desde las 8 a las 22 horas. Hasta mis clases ha llegado con fuerza la vocinglería de los coches que recorren Pontevedra. Si quieren tener un mínimo de credibilidad, empiecen dando ejemplo. Instalen sonómetros en sus vehículos de propaganda y pongan dispositivos que atenúen la cháchara cuando se pasen de decibelios o se encuentren cerca de hospitales o de centros docentes.