¿El fin del mundo?

| JOSÉ RAMÓN AMOR PAN |

OPINIÓN

10 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

La Historia ha marcado ciertas épocas con el horror de la peste. Hacía al hombre sumamente consciente de su fragilidad. Escenas apocalípticas se sucedían. Miedo de la muerte, por supuesto. Parecía que la enfermedad no tendría nunca control. Pero lo tuvo, afortunadamente. El doctor Fausto era feliz. La ciencia exultaba, iba viento en popa, y tenía buena conciencia (si bien de cuando en cuando se dejaba tentar por la idea de vender su alma al diablo). Hoy experimentamos el equivalente de este fenómeno a través de la neumonía asiática, capaz de acabar en muerte. Su irrupción ha causado una verdadera sorpresa sanitaria, la misma que causó el sida en 1981. Mientras la medicina avanzaba de forma espectacular y se consideraba que el hombre iba a tener bajo control casi todas las enfermedades, aparece inopinadamente una enfermedad ante la que la ciencia tiene que seguir reconociendo que sabe muy poco. Creo que al malestar de moda sucederán otros aún desconocidos. Tomarán el testigo cada vez más de prisa, justamente porque estamos decididos a derrotar cada sucesivo mal. Un día deberemos admitir que el siniestro arlequín no se había marchado, simplemente cambiaba de traje. Y nuestra terapéutica consistía en bautizar cada nuevo disfraz, quitarlo y mandarlo a la hoguera. Es fácil imaginar la incomodidad del investigador que no consigue creer que produce progreso. Ver cómo lo desconocido retrocede sin cesar es una ilusión óptica: sucede que los límites de lo conocido se amplían. El único valor de las respuestas está en las preguntas que el hombre se plantea y en su actitud ante la vida y ante los demás. Legitimar en nombre del pasado es tan estúpido como garantizar que todo tiempo futuro será mejor. Entre ambos excesos existe la posibilidad de vivir el presente con los ojos abiertos y sin miedo. Episodios como éste nos recuerdan que el ser humano vive en el ámbito de la fragilidad y la meneste­rosidad, no es autosuficiente. Recordarlo es de sabios.