La pulsión autoritaria

ENRIQUE CURIEL

OPINIÓN

A MEDIDA que se aproxima el final del mandato de José María Aznar como presidente del Gobierno, emergen y se hacen más patentes los rasgos definitorios de su personalidad política. La campaña electoral que viene desarrollando en las últimas semanas ha adquirido un sesgo macarthysta evidente al insistir en un anticomunismo primario, más propio de la guerra fría y de los momentos más siniestros del franquismo. Simultáneamente, la cuestión de Euskadi , nacionalismo y terrorismo -juntos y revueltos-, volvió a los primeros lugares de la agenda política del Gobierno para recuperar el discurso político y una parte de los votos perdidos. Aznar pretende situar a los ciudadanos ante el vértigo que producen los peligros que representan para España la coalición roja , social-comunista, y los nacionalismos. Lejos quedan los tiempos del centro-reformista y reaparecen las obsesiones de la más rancia derecha española. Jaime Mayor Oreja nos ha trasladado a la peor de las tradiciones del pensamiento conservador llamando a la movilización política para frenar la «ofensiva nacionalista» -¿cuántas ofensivas llevamos?-, de común acuerdo y en connivencia con la izquierda. De nuevo aparece la defensa de falsas ideas que tanto espanto y dolor causaron a todos los españoles: «España roja, ante que rota». El camino emprendido por Aznar es preocupante y está lleno de peligros. Tiene un comportamiento radicalmente contrario del que presidió la transición política. Durante los veinticinco años transcurridos desde la aprobación de la Constitución, todos hemos tenido especial cautela para separar el debate político, por más intenso que fuere, de las actitudes que propiciaron las viejas fracturas y confrontaciones que motivaron el posterior enfrentamiento civil. Nunca habíamos vivido una tensión y división social tan relevante como la que hemos presenciado entre nosotros durante las semanas de la guerra. Aparecieron formas de violencia, preocupantes y desconocidas hasta ahora en su intensidad y duración, que, probablemente, fueron la expresión de un profundo y prolongado malestar causado por el talante de Aznar, por su forma de gobernar, sus amenazas, la manipulación televisiva y el permanente menosprecio de todos los que se manifiestan en contra de sus opiniones. Resulta altamente ofensivo afirmar que los contrarios a la guerra estamos enfadados y tristes porque ésta finalizó y ya «se nos acabó el asunto». Le podemos recordar al presidente del Gobierno que nos debe un elemental respeto al que tenemos derecho como ciudadanos.