ESTE AÑO celebramos el 25 aniversario de la promulgación de la Constitución Española, que, al consagrar la democracia y la reconciliación nacional, hizo posible la superación histórica de las dos Españas y el disfrute de un largo y fructífero período de paz civil en nuestro país. Desde entonces en España no existen dos sociedades contrapuestas e irreconciliables, sino una única sociedad democrática, en la que los ciudadanos, atravesando viejos rubicones culturales e ideológicos, eligen a sus representantes de acuerdo con unas preferencias que, por cierto, suelen ser cambiantes en función de las valoraciones que merezca la acción de gobierno o del tipo de elección de que se trate. Por eso resulta especialmente alarmante que José María Aznar, incapaz de adaptarse al sistema, exhiba esa irrefrenable tendencia a dividir y enfrentar al país. Buen ejemplo de ello es la campaña electoral que protagoniza el presidente del Gobierno. En efecto, en un país como España, que pese al crecimiento económico sigue siendo uno de los países más injustos de la UE, en el que los asalariados pagan a la Hacienda Pública el doble que las rentas de capital, en el que han aumentado los impuestos indirectos, la desigualdad y el diferencial con Europa en protección social; no hay cabida para un debate serio y riguroso sobre el paro, la inseguridad, la precariedad laboral, la exclusión social o el mal funcionamiento de los servicios públicos. En su lugar, el presidente Aznar ha preferido enarbolar el imaginario peligro de la España rota como lamentable bandera electoral, presentando cualquier discrepancia con su concepción de España como una debilidad y una claudicación, con el fin de ocultar los problemas reales del país y subordinar al resto de las fuerzas democráticas a la estrategia política y electoral de PP. Pero, en su impredecible fuga adelante, el presidente del Gobierno no se ha detenido ahí. Su obsesión por restringir el pluralismo político y la alternancia democrática le han llevado a desempolvar el peligro comunista y a resucitar la peregrina y peligrosa idea de las dos Españas irreconciliables, representadas respectivamente, según su esquema, por el PP y por la coalición Zapatero-Llamazares, a la que se intenta presentar como un grave peligro para España. Semejante disparate no sólo atenta contra el espíritu constitucional, sino que representa una grosera tergiversación de nuestra historia reciente que no puede ser admitida de ninguna manera. En primer lugar, porque el pacto municipal de la izquierda es una constante en la política española desde 1979, con resultados más que notables. Basta comparar la Barcelona gestionada por la coalición de izquierdas con el Madrid de Álvarez del Manzano para desmontar los insostenibles argumentos de Aznar. Pero, sobre todo, porque la posición del presidente del Gobierno trata de deslegitimar a dos partidos políticos -PSOE e IU- que han jugado un papel determinante en la transición política, en la consolidación de la democracia y en la elaboración de la Constitución. Expediente que, desde luego, no pueden mejorar ni el PP ni el propio José María Aznar. Al parecer, el Gobierno está dispuesto a todo, incluidos el juego sucio y el deterioro del sistema democrático, para evitar su derrota política y electoral. Es de esperar que los ciudadanos no le dejen salir indemne de semejante peripecia. La democracia y la convivencia necesitan que exista juego limpio.