LA BATALLA que Aznar le está planteando al terrorismo es épica. Nunca en la historia se combatió al conglomerado etarra con tantas armas y en tantos frentes: en las leyes, en los tribunales, en el ámbito judicial y ahora en el terreno internacional. Si no fuera por la cantidad de dolor que ETA nos ha causado a lo largo de treinta años, podría pensarse que estamos ante una auténtica obsesión presidencial. Como hay intereses electorales en juego, el cerco a los violentos se ha convertido en un enfrentamiento con todo el nacionalismo vasco. No sabemos si es real o ficticio, pero nunca el Estado y una autonomía hablaron leguajes más distintos. Las acusaciones de falta de respeto a los principios democráticos son recíprocas. La tentación de desobediencia a las resoluciones judiciales está planteada. La busca de trampas para medir el respaldo a Batasuna en las urnas del día 25 adquiere caracteres de sutileza. La cara buena de ese panorama es que no se cometen actos criminales. Aznar sigue la única estrategia que considera viable: al enemigo, ni agua. Le cierra la vía legal y la electoral y ahora quiere la asfixia exterior incluyendo a Batasuna en las listas internacionales de terroristas. Desde el punto de vista ético, es irreprochable. Desde el punto de vista del futuro político, sólo el tiempo podrá decir si es un acierto. Si con esa estrategia crece el respaldo a un nacionalismo que tiene su mejor caldo de cultivo en la confrontación con el Estado, habrá riesgos ciertos para la integridad territorial. Pero también en eso la postura del gobierno parece impecable: los miedos anteriores y las timideces ante la presunta capacidad de respuesta nacionalista no consiguieron una mejora del horizonte. Y ahora, ya lo vemos: Batasuna fue declarada ilegal, y no ha pasado nada. Hoy mismo, el Tribunal Constitucional resolverá que no puede concurrir a las elecciones, y tampoco pasará nada. Y el día 25 se podrán contar muchos votos nulos en Euskadi, pero al día siguiente Batasuna no tendrá ningún alcalde ni concejal. Y tampoco pasará nada.