¡Caña al alcalde!

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

EN LOS TIEMPOS de la censura de prensa, la única (relativa) válvula de escape consentida era la crítica municipal. La ortodoxia del régimen, inflexible con cualquier atisbo de libertad de expresión que se saliera del tiesto, permitía, sin embargo, una cierta licencia para los asuntos de la vida local, para la llamada política de las cosas . La negligencia municipal era el gran filón para una fauna de periodistas ansiosa de revancha, inocente e inútil, contra la opresión. Darle caña al alcalde fue, en aquellos tiempos -también en éstos- una válvula de escape consentida por la autoridad superior, que entendía con maquiavélica intención, que las gentes tenían algún derecho, dentro de un orden, a cabrearse por algo y con alguien y lo más próximo y menos nocivo era la actividad municipal y sus responsables. Alcaldes y concejales aceptaban, por supuesto, la responsabilidad de servir de parapeto político de las protestas vecinales, a cambio de canonjías y prebendas por los servicios prestados. Algunos de esos alcaldes, pese a su arriesgada situación de indefensión frente a la desidia de la administración local, han sido recordados por su capacidad para sortear problemas, capear críticas y demostrar imaginación y tesón para intentar mejorar las condiciones de vida de sus convecinos. No todos los alcaldes eran sumisos funcionarios del régimen y aunque la obediencia era inevitable, hicieron suyas las quejas del pueblo, creando en los plenos un embrión de democracia, en los que se permitía el derecho a discrepar, se asumían las críticas... y hasta se le hacían caso. En los tiempos de la democracia, bastantes de esos alcaldes han sido votados por sus vecinos, porque su talante político ya estaba homologado de antes. La tradición de aquel conato de libertad en los tiempos de la dictadura se ha mantenido y ahora, sin que existan restricciones para los periodistas en su labor de denunciantes de las desidias urbanas, que siguen siendo un filón, en la rutina de las redacciones, los redactores jefes de la información local envían a sus subordinados a las ruedas de prensa de los ayuntamientos con el encargo de darle caña al alcalde . Como en los viejos tiempos. Por su parte, la víctima , que suele ser un buen encajador, algunas veces utiliza la hostilidad como pretexto para contraatacar al adversario político, como presunto inspirador de las intenciones del periodista enredador y pejiguera y también como valiosa fuente de información. En el periodismo actual hay un antes y un después del asunto del Watergate, y así como aquellos periodistas fueron capaces de cargarse nada menos que al presidente de los Estados Unidos, en los escalafones inferiores del oficio hay muchos que quisieran cargarse al alcalde de su pueblo. No por nada personal, sino por tener un hueco en las primeras páginas. Sin embargo, a pesar de las apariencias, alcaldes y periodistas se complementan y se necesitan, porque la vida local está llena de baches y sin la denuncia pública no se arreglarían y, además, porque sin el picante de la crítica, la actividad municipal, en los tiempos de la globalización, pasaría desapercibida. Los mejores alcaldes son aquellos que tienen la mejor-peor crítica de prensa. Rodríguez Sahagún, que en los dos últimos años de su vida fue un eficaz alcalde de Madrid, solía preguntar cada mañana a su jefe de prensa -que era el que suscribe-:«¿Qué dicen los periódicos?». Naturalmente, lo primero que se mencionaba eran las cosas positivas. Pero él cortaba por lo sano y replicaba: «Al grano, al grano»... y repetía la pregunta, pero con otro matiz: «¿Alguien habla mal de nosotros?»... Le interesaba más la crítica negativa, aunque su orgullo se resintiera, que los elogios, porque, comentaba, se fiaba más de sus detractores porque le informaban mucho mejor de la realidad de los problemas.