HACE POCO nos reunimos en Madrid los fundadores del Grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad de España: Cáceres, Salamanca, Santiago, Segovia y Toledo, con la adhesión de Ávila, que no pudo estar presente. Aun perteneciendo por entonces a formaciones políticas distintas, trabamos una buena amistad que nos lleva a reencontrarnos de tanto en tanto para hablar con buen humor del pálpito de nuestras vidas y de nuestro entorno. En algunos desplazamientos llevamos a la práctica la teoría y utilizamos el metro como el mejor sistema de comunicación en una capital agobiada por el tráfico. Acababa de inaugurarse la línea circular que pone en comunicación las poblaciones exteriores que conforman el Gran Madrid, y que ayudará a crear una ciudadanía metropolitana hoy inexistente. El espacio público urbano es la cremallera que une a diario a individuos, credos, colores y culturas, propiciando una mezcla compleja y estimulante que tiende a favorecer la cohesión social. El metro juega un papel importante en la relación entre las personas, pues, a diferencia del avión y del tren, en los que todos miran hacia el punto de destino, los usuarios del metro se ven las caras, rozan sus hombros, pueden observar y ser observados. La duración del trayecto y el continuo pasa-imágenes que produce la velocidad inducen a hacer hipótesis sobre los individuos que nos rodean, inventando historias fantásticas que se mecen con los movimientos del vagón. El variopinto contingente humano de latinoamericanos, nórdicos, orientales, magrebíes, africanos, europeos del este y españoles, aleatoriamente embutidos en el habitáculo metálico, indica el nivel interétnico, social, cultural de la ciudad en la que nos encontramos. El metro de Madrid ya no se diferencia a simple vista del de París o Londres. Los usuarios van cambiando a lo largo del día, desde los de primera hora, trabajadores y ejecutivos que, con los periódicos desplegados contra el prójimo, tratan de mantener el equilibrio, hasta los últimos trenes silenciosos, con ávidos lectores de novelas policíacas y empleados soñolientos. A pesar del abigarramiento y de las apreturas de las horas punta, en el metro suele adoptarse una conducta circunspecta y considerada, hablando a media voz, dejando hueco al que sube o haciendo un pasillo para dejar salir al rezagado. En medio de este tránsito constante, en los vagones o en los túneles, los artistas se exhiben, los sin techo se cobijan y los profesionales de la caridad se desplazan durante horas con un mismo billete. En el centro de Houston han decidido dejar la superficie para la clase de tropa ciudadana y construir en el subsuelo calles especializadas para los altos ejecutivos y los consumidores con alto nivel adquisitivo, que tienen acceso exclusivo a este sistema conectivo privado a través de los vestíbulos de los grandes edificios comerciales y de negocios. Parece que en la sociedad norteamericana el tercio de los poderosos sigue empeñado en segregarse espacialmente de los otros dos, el de los admitidos de forma provisoria y el de los perdedores. Son ganas de crear toperas asociales.