Por quince mil millones

OPINIÓN

YA TENEMOS juicios rápidos. Si, después de esto, la Justicia sigue siendo lenta, no le echen la culpa a Michavila. Culpen ustedes a los elementos. Por ejemplo, al sistema informático, tan inoportuno y puñetero como siempre. A algunos escritores les hace aparentar plagios. A los responsables de la Justicia les hizo la pequeña jugada de retrasar doce horas esa «novedad histórica» en su primer día de funcionamiento en Madrid. La informática no parece del PP: eso no se hace en pleno fregado electoral. Supongo que a ese ordenador le abrirán expediente, lo expulsarán, como harán con el fiscal jefe de Madrid, que se negó a hablar bien de los juicios rápidos. Al discordante y al ladrón, perdigón: hay mucha indisciplina suelta. El caso es, como digo, que ya tenemos juicios rápidos. Si se oye a los miembros del Gobierno, se percibe inmediatamente la importancia del suceso. Parece la fórmula mágica para todo: para agilizar los trámites judiciales, para aminorar la prisión provisional, y hasta para dar un golpe de gracia a la delincuencia. Y todo, por un coste muy asequible para la novena potencia económica del mundo, que es España: lo invertido anda en torno a los quince mil millones de pesetas. Es decir, el importe de la más pequeña de las obras públicas que Álvarez Cascos tiene planeadas en Asturias. Por esa cantidad podemos parecer un Estado de Derecho auténtico y eficaz. No se sabe por qué no se hizo antes. Sin embargo, hay gentes que se quejan. Los fiscales progresistas -progresistas tenían que ser- creen que no hay medios suficientes. Los nuevos juzgados de Madrid, por ejemplo, no tienen un fiscal asignado. A juzgar por la cantidad de delitos que se cometen, los atascos no estarán en la vieja Justicia, sino en ésta; es decir, que cambian de sitio. Quizá se nos ha vendido un exceso de triunfalismo, como corresponde a un tiempo electoral. Pero hay que entenderlo: para decir «no» ya está la oposición. Y el Gobierno tiene un principio: más vale morir de optimismo que inspirar una sola duda. La duda no está en el diccionario aznarí.