LA CALIDAD del sistema democrático depende de la calidad humana y profesional de las personas que intervienen en la vida pública. Al mismo tiempo, es la sociedad civil la que proporciona los ciudadanos que se hacen aspirantes a ser elegidos, siendo mejores o peores a su imagen y semejanza. Pero sí es verdad que cada vez que se celebran elecciones la gente se mueve entre la esperanza del cambio para mejorar y el pesimismo de quien piensa que todo es inútil. Las elecciones municipales son las primeras experiencias para muchos españoles que un día se levantan con la ilusión de poder ser concejales. Ser edil es un servicio a la comunidad. Y posiblemente la primera vez que alguien descubre que una cosa es predicar y otra dar trigo, incluso que se pierde popularidad desde el momento en que se elige ir en una lista que encabeza y cierra la sigla de un determinado partido. Otra cosa bien distinta sería si se ofrecieran listas abiertas que permitieran conocer con detenimiento los méritos personales del aspirante. En estos días se ve en la calle a nuestros concejales como más próximos y solícitos, incluso dispuestos a escuchar nuestras opiniones sobre cuestiones que antes eran de los expertos funcionarios. Y se presume de listas con gente joven, quizá por la falta de atractivo de la política para la juventud. Alguien debería contarle a nuestra muchachada que aunque ellos pasen de la política, la política no pasa de ellos, y que una parte de las decisiones que se toman en el concejo les afecta. La historia política de los futuros presidentes de gobiernos comienza con unas elecciones a concejal. A todo esto hay que añadir la historia de un muchacho llamado Miguel Ángel Blanco, que un día se presentó a las elecciones de Ermua y no sabía que estaba escribiendo una de las historias mas crueles en cuanto a sacrificio por los demás.