El orgullo de ser gallego

| ARTURO MANEIRO |

OPINIÓN

26 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

TODO PARECE indicar que la parte más espectacular del caso Prestige ha desaparecido de los informativos. Lo mismo se puede afirmar de la guerra de Irak. Las imágenes ya no hieren tanto las sensibilidades, se ha calmado el desasosiego real y el inducido. La ira por la guerra ha dado paso al temor por el virus que nos amenaza desde China. Las emociones se remansan y comienza la hora de razonar. Los violentos deben tirar sus cócteles molotov y sus dinamitas contra la neumonía atípica. En el terreno político, al Bloque ya le cuesta mucho más movilizar a personas que no estén integradas en sus bases y los socialistas tendrán que comenzar a plantear propuestas, al margen del Prestige y de Irak, que convenzan a los ciudadanos si quieren mejorar sus posiciones en Galicia. Mientras, el PP recupera la respiración para abordar la dura prueba del 25 de mayo, donde le quedará algún jirón pero salvará el conjunto. En realidad, el PSdeG es el que siempre lleva las de perder. Hace diez años que está subido al carro del Bloque, respaldando lo que hace el BNG y empequeñeciéndose junto a unos compañeros políticos mucho más radicales. Esta especie de mimetismo le hace perder personalidad y peso específico en el panorama político gallego. Si Beiras se entiende con Fraga pierde el PSOE; si el Bloque se radicaliza contra el PP, pierde el PSOE. Si el BNG se muestra como es y los socialistas como no son, pierde el PSOE. En realidad, el partido socialista y el benegá aparecen en sociedad como dos hermanos siameses unidos por la espalda, no se pueden ver, pero tienen que ir juntos a todas partes. Por eso, a la hora de calmar las emociones y razonar, parece lógico desear que el PSOE se encuentre a sí mismo, que actúe con iniciativa propia, que proponga soluciones reales. Es lógico esperar que Galicia tenga una oposición nítida, definida, con personalidad, con peso, con candidatos dispuestos a demostrar a la sociedad gallega que son capaces de construir. Porque, hasta ahora, salvo curiosas excepciones, estas cualidades sólo están en la zona popular. Es cierto que la Xunta ha tardado en sacudirse lastres, y aún le quedan fondos por limpiar, pero ante la exasperación de las emociones no puede negarse que presenta realidades y planes concretos de futuro. Planes que deben poner a Galicia en un lugar destacado del mapa de España. Es un buen momento para olvidarse de las tristes despedidas de la Estación Marítima y tomar una actitud constructiva, promover el orgullo de ser gallego. Y será de agradecer que nunca máis los nacionalistas provoquen en el resto de España sentimientos que muevan campañas «para que los niños gallegos afectados por el Prestige tengan juguetes», como nos tocó vivir el pasado final de año. Por eso, a partir de ahora, cabe esperar que la oposición gallega emplee sus mejores energías en hacer un férreo marcaje a la Xunta para que no quede aparcado ninguno de los proyectos anunciado y comenzados; para que la Administración autonómica no se duerma entre los algodones de la propaganda; para que la burocracia no frene los procesos ya iniciados. A lo mejor esto no da materia suficiente para la movilización de masas, ni para empapelar los centros docentes, pero será muy eficaz para la prosperidad de la sociedad gallega. Que es, en realidad, lo importante.