Y LLEGÓ el comandante y mandó parar.... y vaya si paró. Cuba lleva cuarenta y muchos años parada, quieta, inmóvil, siendo más isla que nunca, viendo, asistiendo a un desmoronamiento general, desguarnecida, pudriendo sus cuadernas de viejo galeón varado al sol caribeño. Ya no vale el viejo discurso antiguo del comandante apelando a la caridad internacional y al antiimperialismo como coartada. La revolución que tanto amamos fue sólo un espejismo que brotó en Sierra Maestra. La Habana era una consigna y un anhelo verde oliva para mi generación. Hoy La Habana es una cárcel donde los desinformados cubanos viven en libertad condicional ideando los manuales de supervivencia para resistir en dólares desde la picaresca de trujimanes con pasado español en el buscón don Pablos. Aquella lejana revolución ya no tiene quien le escriba. Todos somos desertores y el penúltimo ha sido Saramago, que en su prosa legitimaba al dictador Castro y justificaba los logros revolucionarios de una sociedad sin analfabetos, aunque funcionalmente incultos. Patria o muerte, perderemos. Y en Cuba se perdieron todos los nortes, las grandes ocasiones de abrir ventanas en el régimen para que se colara el aire fresco de las democracias, de las reformas, de los tímidos modelos como en la China de Deng, que nunca llegaron. Y volvieron a sonar los fusiles en el paredón de los fusilamientos, sin juicios, sin defensas. Fueron disparos al corazón de las libertades. Tres jóvenes, hijos del paraíso castrista, condenados a muerte por intentar marcharse de la isla, por intentar el sueño norteamericano de poder respirar sin asfixiarse. Antes fue Elián, el sistema reinventa circunstancias como reinventó a Hemingway, omnipresente en la isla como un Martí reencarnado en mojitos y daikiris. Y en el malecón, enfrente de la embajada oficiosa de los yanquis, hay una estatua de Elián. Eliancito, el hijo pródigo que ve cómo jinetean hombres y mujeres para cambiar sexo por dólares y dólares por comida. Pobre Cuba, exportando dinios y mulatas, huyendo de todas las miserias, arroz con frijoles mi amol , moros y cristianos, vendiendo a los anticuarios franceses las lápidas de mármol del cementerio de Colón labradas en tallas modernistas. Pobre Cuba, la misma revolución que saqueó el Centro Gallego de la Habana, arrojando por las ventanas los archivos de un pasado construido a golpe de memoria. Le ronca el mango. Cuba libre, desangrándose en guantanameras y sones santiagueros, bullicio y pena y la zafra con el azúcar sin mercados, y una cantina llena de caña y ron, canción prohibida, y en los hoteles donde no pueden entrar los cubanos una orquestina canta boleros y canciones de Carlos Puebla que hablan del Che, y venden su imagen en camisetas y gorras con la estrella de cinco puntas en los mercadillos de turistas. Del marxismo leninismo al lenonismo y en un parque el régimen hizo construir una estatua de John Lennon -su música fue prohibida en la isla por contrarrevolucionaria- a quien ignoran los cubanos, y dos soldados la custodian. Allí, una noche de ron y madrugada, Almudena Grandes y yo cantamos Imagine . Les aseguro que sonaba como un himno de libertad y cubalibre.