CONOCIDA por sus bancos, sus relojes, su exquisito chocolate y su tradicional neutralidad internacional, Suiza está estos días en el centro de atención como destino de turistas suicidas . En un piso de Zúrich tiene su sede Dignitas, una organización especializada en ayudar a morir a enfermos terminales de otros países. La ley suiza permite el suicidio asistido, pero no la eutanasia. Desde su creación en 1998, han colaborado ya con 150 suicidios. La demanda aumenta. Un matrimonio inglés ha sido el último en acudir. Ella tenía 53 años y sufría diabetes y fuertes dolores de espalda a causa de la artrosis; él tenía 59 años y padecía epilepsia y depresión. No eran enfermos terminales. Al día siguiente acabaron con su vida con un preparado letal que ingirieron con sus propias manos. Que dos enfermos no terminales se hayan acogido a la ley suiza roza lo intolerable y sirve para fortalecernos en la idea de que es muy difícil redactar una ley sin dejar huecos para resultados inesperados que, poco a poco, irán ampliando gradualmente los supuestos admitidos, hasta llegar a situaciones sociales hoy claramente inmorales para todos... Esto es algo que nos debe hacer pensar. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué cultura estamos generando? Nos horrorizan las barbaridades nazis, pero estamos a punto de traspasar el mismo umbral, con otro escenario, sí, pero en el fondo será más de lo mismo. Más que peleas ideológicas, habría que ofrecer cauces operativos para asegurar una atención integral de calidad al enfermo crónico y al terminal, sin olvidarnos de sus familias. El apoyo deberá ir enfocado al fortalecimiento del yo y de los mecanismos de defensa, a potenciar las experiencias vitales positivas mediante una revisión de vida y a afirmar los factores que proporcionan al enfermo estabilidad y sentido en esta última fase de la vida. Estos enfermos experimentan la limitación y fragilidad humanas en carne propia. El conocimiento intelectual resulta insuficiente en temas que ante todo son realidades existenciales. Una constatación común es que la mayoría de las personas que rodean al enfermo no saben prestarle la necesaria ayuda. Esta situación se da de forma generalizada en los profesionales de la salud, en los mismos capellanes, en los amigos y familiares. Centremos ahí nuestros esfuerzos