SIGUIENDO las enseñanzas de Jesús, tres días muerto y después resucitado, los cristianos de todo el mundo hemos convertido la paz en un saludo. Sabemos que la concordia viene de Dios, y que sólo nuestra mala conducta la altera, y por eso hemos ritualizado el deseo de la paz, que nos hace hermanos y solidarios y nos conmina a rechazar cualquier beneficio que surja de la violencia. También es verdad que las sociedades europeas, que hicieron del Cristianismo su cultura, se encuentran entre las más beligerantes del mundo, y que en no pocas ocasiones la misma Iglesia católica, y todas sus hijas protestantes, se han dejado llevar por la tentación de imponer por las armas la fe y la justicia, o de darle la vuelta a la cruz del amor y la entrega para convertirla en la espada de la muerte y la rapiña hechas en nombre de Dios. Pero el Evangelio de Cristo siempre se impuso a la política de las curias y las potestades civiles, y, a pesar de nuestros muchos pecados, nunca hemos perdido la conciencia de que la guerra es una ofensa contra la ley de Dios, y ni siquiera nuestros mayores, que vivían el militarismo como virtud, se atrevieron a profanar los días santos de la muerte y la resurrección de Cristo con el sonido de las armas y el fresco olor de la sangre. Claro que ninguna de estas ideas forman parte de la modernidad. Para muchos cristianos la paz ya no viene de Dios, sino de los hombres, y parecen confiar mucho más en sus pancartas y eslóganes que en la vuelta a los valores que sedimentan la paz. Para otros, que hacen la guerra como si fuese una cruzada, e invocan a Dios en medio de las bombas, la guerra es una deriva natural de la creación, y, lejos de sentirse obligados a justificarla, sólo se preocupan de ganarla. Para los terceros, que son los peores, su religión y su fe no son más que un seguro para la vida eterna, y por eso escuchan los discursos de Bush con el mismo recogimiento y devoción con los que escucharán esta tarde la Pasión según San Juan. Pero la guerra de Irak puede marcar un cambio, también en esto. La voz del Papa sonó más fuerte que nunca en defensa de la paz de Dios que llega a todos los hombres sin distinciones de razas y credos y, en su propia radicalidad, nos recordó a todos los cristianos que tenemos un compromiso insobornable en contra de la guerra. Nunca más un cristiano podrá hacer compatible su compromiso de Iglesia con sus chalaneos con la violencia. Y nadie podrá sentirse en el seno de la Iglesia católica si este Viernes Santo, junto con sus ritos sagrados y sus desfiles populares, no le graba en su alma, como un juramento imborrable, el mejor mensaje del Papa: «En nombre de Dios, no a la guerra».