EN UNA CRÓNICA de La Voz, titulada Golpe en Caracas y publicada el 12 de abril del 2002, o sea, el día siguiente del golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez de Venezuela, cuando aún se ignoraba el paradero del mandatario, concluía yo mi artículo con la frase siguiente: «Si no lo matan, de una manera o de otra, reclamado por el pueblo, Chávez volverá». Menos de 48 horas después, la protesta masiva del pueblo y la intervención de militares leales permitieron el regreso de Chávez al poder el 13 de abril del 2002. Para conmemorar aquellos días de golpe y contragolpe, se acaba de celebrar en Caracas un Encuentro mundial de solidaridad con la revolución bolivariana . Venidas de todo el mundo, numerosas personalidades del pensamiento, de la política y de la acción social se han dado cita aquí para expresar su solidaridad con la democracia venezolana y con su presidente. Los organizadores me han confiado la responsabilidad de dar la primera conferencia en la sesión inaugural del evento. Después del acto, Chávez me invita a un almuerzo sencillo y frugal en su modesto apartamento privado del palacio de Miraflores, situado en el casco histórico de Caracas. Hablamos de política internacional. Chávez está siguiendo de cerca los acontecimientos en Irak. Esa misma mañana, la CNN ha mostrado las imágenes de la destrucción de la estatua gigante de Sadam Huseín. «La resistencia iraquí ha sido muy débil -comenta Chávez-. En cuanto anunciaron que se había cometido el primer atentado suicida contra las tropas norteamericanas, supe que no habría resistencia organizada. Era un acto desesperado. Tampoco ha habido resistencia popular. La lección que hay que sacar es que un pueblo sometido a una dictadura no está dispuesto a morir por ella. Sólo los hombres libres aceptan lanzarse a una guerra de todo el pueblo». Chávez recuerda que es el único presidente que visitó Bagdad y se entrevistó con Sadam Huseín desde 1990. «Una de mis primeras preocupaciones, después de haber sido elegido presidente en diciembre de 1998, fue reactivar la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). El precio del petróleo estaba por los suelos, a menos de diez dólares el barril. Decidí visitar, durante el primer año de mi mandato, todos los países miembros de la OPEP con la intención de organizar en Caracas, a principios del 2000, la segunda cumbre de esa organización, ¡cuyos presidentes no se habían reunido más que una sola vez desde su fundación en 1960!». «Cuando se enteraron en Washington de que me disponía a visitar Libia, Irán e Irak, y a entrevistarme con los presidentes de estos países, Gadafi, Jatami y Sadam Huseín, se pusieron muy nerviosos. Me llamó un alto funcionario del departamento de Estado, un tal Peter Romero: 'Señor presidente, veo que no está usted acostumbrado a los hábitos diplomáticos. Estados Unidos interpretará como un gesto inamistoso que usted vaya a visitar a tres presidentes con los cuales Washington no tiene relaciones diplomáticas y que se definen ellos mismos como enemigos nuestros'. Le contesté que si acaso en épocas anteriores los presidentes de Venezuela habían pedido permiso a Washington para desplazarse a algún país extranjero, eso se había terminado. También en ese aspecto estábamos recobrando nuestra soberanía». «No resultaba fácil ir a Bagdad. Por embargo de la ONU, ningún avión podía aterrizar en su aeropuerto. Yo estaba en Teherán, que, para colmo de dificultades, no tenía relaciones con Irak, y tuve que desplazarme por carretera hasta la frontera. Allí vino a buscarme un helicóptero enviado por Sadam Huseín. Así llegué por fin a Bagdad. Me recibió el presidente iraquí y me agradeció que hubiese vencido tantos obstaculos para llegar hasta él. Así me enteré de que, desde 1990, yo era el primer presidente que iba a Bagdad. Y finalmente he sido el único». «Recuerdo a Sadam como una persona muy inteligente. Un cerebro rápido que captaba immediatamente. Un hombre tranquilo, de gestos lentos. Aceptó mi proposición de cumbre de la OPEP. Él no podía venir, por razones obvias, pero propuso mandar a su vicepresidente Ramadán. Luego me invitó a hacer un recorrido por Bagdad. Él mismo conducía el carro y me contaba la historia de la ciudad y de sus monumentos, yo sentado a su lado, el traductor detrás, con una escolta mínima. Estuvimos varias horas recorriendo las calles y avenidas de esa espléndida capital». Conclusión de Chávez: «¿Cómo evitar pensar en aquel extraño paseo cuando veo ahora las estatuas de Sadam derrumbadas, la mítica ciudad bombardeada y sus museos saqueados?».