EL PROPIO absurdo de la guerra se manifiesta en los muchos absurdos conceptuales que la acompañan, el mayor de los cuales quizá se domicilia en el lenguaje, sometido a un travestismo vergonzante. De nada nos valdría ahora, por ejemplo, la elocuencia de Henri-Dominique Lacordaire, famoso por sus «conferencias de Notre-Dame», que aún hoy honran al famoso templo parisino. Imaginémoslo explicándonos que «toda guerra de liberación es sagrada y toda guerra de opresión maldita». Nos habría confundido aún más. ¿Acaso los estadounidenses y los británicos no se consideran liberadores al enfrentarse con las armas al tirano Sadam Huseín? Y visto desde el otro lado, ¿no se consideran también liberadores los iraquíes que luchan contra unas fuerzas extranjeras que se extienden por su territorio? Lacordaire no podía imaginar que en apenas siglo y medio su lenguaje se habría vuelto ininteligible. Su conciudadano Balzac, el genio de la novela realista, lo advirtió inútilmente: el recipiente que lleva el rótulo «Libertad» está lleno de estupideces humanas. Pero fue en vano: las guerras siguen destripando seres humanos y palabras en su avance liberador. Y el vencedor se quedará con el título.