EQUIPAR a un marine cuesta más que una compañía de iraquíes. Su casco es de fibra antibalas. Sus gafas discriminan la luz del sol, que alumbra para todos, de los rayos infrarrojos, que alumbran sólo a los buenos. Su fusil apunta con láser, y su uniforme constituye un prodigio de la tecnología, desde la cantimplora a las botas y desde los correajes a las rodilleras. Pero las diferencias no se acaban ahí, ya que, mientras un iraquí se las arregla con poco más que un Kalashnikof, el marine lleva una protección de vehículos acorazados, una vanguardia de helicópteros Apache, una tarjeta de visita enviada por los B-52, una cobertura aérea de cazas F-16, una compañía de avituallamiento y una retaguardia con hospitales de campaña. Y por eso se trabajaba con la hipótesis de que, visto un solo marine, los iraquíes iban a tirar su fusil, insultar a Sadam Huseín, y rendirse en masa a sus libertadores. Pero los iraquíes no ven la televisión americana, y, lejos de agradecer la liberación que les ofrecen, se preguntan por qué tienen que soportar la destrucción de sus ciudades y una nueva dictadura militar encabezada por el general Franks. Y por eso, en vez de rendirse como Dios manda, defienden su patria como Alá les da a entender, hasta el punto de preocupar seriamente a la todopoderosa maquinaria militar americana. Cada vez hay más gente que se pregunta dónde está la amenaza de Occidente, por qué no aparecen en combate las armas químicas, por qué hay que usar armas de destrucción masiva para luchar contra las armas de destrucción masiva, y por qué, si somos los buenos, tenemos que propiciar ese dantesco espectáculo de ciudades arrasadas, niños muertos y mercados bombardeados.El mando americano se queja de que los iraquíes se peguen al terreno y no se dejen coger; de que no salen a campo abierto, con el fusil en la mano, a enfrentarse a los tanques y aviones de última generación; de que los obliguen a tomar casa por casa después de calcinarlas hasta los cimientos, y de que los obliguen a hacer la guerra más sucia de la historia cuando ellos habían programado un paseo militar con muchos desfiles y rendiciones masivas.Pero las hipótesis no se cumplen, y toda esta guerra se nos presenta como un monumental fiasco para la democracia y el mundo libre. ¿El problema? Que tres atavanados se reunieron en la isla Terceira y decidieron salvar el mundo por su cuenta y riesgo. ¿Y la respuesta? Pasarles, céntimo a céntimo, toda la factura. Cerrar los oídos al canto de sirena que pregona la liberación donde sólo se ve la muerte. Y hacerles saber, a los tres, que sólo deseamos la paz de todos los pueblos, ya que sus victorias no nos sirven para nada.