Coherencia brutal

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

VARADAS, las fuerzas expedicionarias estadounidenses tienen ante sí las grandes batallas, desde Basora a Nasiriya y los pasos estratégicos sobre el Éufrates, mientras espera la batalla definitiva, de Bagdad. Por allí comenzaron las hostilidades, con el bombardeo cuyo destino era Sadam, y por allí habrán de acabar si antes Sadam no tira la toalla, después de demostrar el mundo que Irak es, en efecto, la Prusia del mundo árabe. Imposible quizá, de otra parte, tesitura más dura (con la calle levantada contra una guerra por todos aborrecida, antes de que comenzara) para el cambio diplomático español, cuando la crisis del Perejil probó que convenía más el hegemonismo estadounidense que el sempiterno engallamiento francés. Naturalmente, no hay cambio sin coste. El frente político, en el que se bate el Gobierno por lo que entiende mejor defensa de los intereses nacionales, tendrá fuertes bajas en la batalla electoral de mayo. Pero el frente económico de la guerra, que se abrió en el norte iraquí con el primer salto de paracaidistas, tiene en el petróleo su específico sentido: el crudo de ese Kurdistán, motor de la concupiscencia turca (un compulsivo apetito de poseerlo, como poseyó el gobernador otomano a Lawrence de Arabia). Aunque para apetitos, la bulimia de los EE. UU., que engullen cada día la mitad del crudo exportado por la OPEP: una calefacción por encima de los 25º y un aire acondicionado por debajo de los 18º. Es la suya la parte del león; pero los otros grandes felinos -franceses, alemanes, rusos, chinos...- exigen también su tajada. Bien que ninguno como el primero, que traga tantas calorías en la mesa como termias en la casa y en el automóvil. Asegurarse el petróleo es, para los EE. UU., necesidad primaria, mientras no cambie su cultura. Quizá por eso la Guerra de Irak; y acaso por lo mismo, el corte de mangas al Tratado de Kioto sobre desarrollo sostenible. Para brutalidad incuestionable, la de la coherencia estadounidense.