Vértigo

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

ATORADA, nerviosa, confusa. Así estaba, Ana Palacio, en su última comparecencia en el Congreso. No es lo mismo su rica experiencia profesional, en la abogacía, que la comparecencia ante los diputados de la oposición cuando ha desaparecido el burladero de las reservas mentales. Del despliegue militar para la disuasión, al objeto de que Irak se desarmara en los términos exigidos por la ONU, desde l99l hasta la resolución 1441, se pasó el día 20 al hecho de la guerra. La situación había cambiado: el contenido político de la defensa ya era otro. Se había dejado de estar en la diplomacia de la disuasión, y en la necesidad de persuadir a los demás de que se permanecía políticamente en la estricta defensa de la oportunidad de seguir amenazando, para estar en la diplomacia de la persuasión con el fin de convencer a los otros de la necesidad de no rectificar la apuesta de España por el eje angloamericano. El vértigo moral para una persona tan de principios como la titular de Exteriores era algo tan patente que daba el cante. Parecía trascender a su peinado barroco la incomodidad de habitar el conflicto entre la moral del poder y el poder de la moral; nada confortable ni, tampoco, nada sólo particular de la ministra, pues el problema también parece afectar al propio mando militar americano, encallado en las batallas de Kerbala y Basora, cuando emite la instrucción o permite la práctica a la tropa, según han revelado algunos soldados, de no disparar primero. Una guerra con tan poco peso argumental, tan leve de razones sobre su necesidad, por fuerza tiene que ser rica en conflictos morales a todos los efectos y desde todos sus frentes, desde el diplomático hasta el militar. Fuente de vértigo asimismo, y de mareo, debe ser ahora la de quienes, desde la responsabilidad de gobernar en España, caminan por la cuerda de la sierra y tienen a una vertiente el horror supremo de una guerra acaso injusta, y contemplan en la otra los intereses nacionales.