LOS RECIENTES acontecimientos en Irak están poniendo de sorprendente actualidad y oportunidad temáticas el estreno de la película El americano impasible , basada en el texto homónimo de Graham Green, escrito en 1955, ambientado en la Conchinchina colonial francesa antes de su retirada y posterior escalada militar americana. En efecto, más allá de la mera peripecia histórica, la obra nos muestra ciertas claves psicológicas acerca de las bases del dominio occidental tras la Ilustración. Describe una batalla, que resulta cruenta, por el amor, o al menos la compañía, de una mujer vietnamita entre un reportero maduro, Fowler, que ha renunciado a opinar y escribir editoriales, y que sólo quiere sobrevivir contando lo que ve, y un joven agente americano, Pyle, dotado de cierto curioso sentido del honor que pretende arrebatársela. Pero que, salvo en esta cuestión, actúa con la máxima frialdad de sentimientos ante el sufrimiento humano concreto causado por sus actos inspirados en razones políticas de carácter abstracto supuestamente bienhechor, como la Libertad, la Democracia, la tercera vía, entendidos según los intereses americanos. Para Fowler quedan pocos placeres de la vida distintos de acariciar a su preciosa amante Fuong, su fénix, y es el miedo a perder ese amor el que contribuye a mantener su sensibilidad personal hacia el dolor ajeno. Para algunos, las causas de la sofisticada crueldad presente se hallaban ya en la misma Ilustración, en su proceso de disociación del alma humana entre saberes y quereres, entre la razón y los sentimientos. Decía Sábato después de asomarse al horror de la dictadura argentina, que el hombre es la dialéctica entre el día y la noche. Y a veces ésta entenebrece a la otra. Sólo así se explica que el mismo Pyle, que salva la vida a su rival amoroso, se preocupe más por sus zapatos manchados con la sangre de las víctimas del atentado que él mismo ha promovido, que por el dolor de su agonía que impasiblemente contempla.