YA SUENAN las explosiones y se pueden ver, por televisión, la trayectoria de los proyectiles. Es como si de una película de hazañas bélicas se tratara. Dicen que hasta el séptimo de caballería que mandó el Coronel Custer y sufrió la derrota frente a los pieles rojas, está incorporado a esta guerra preventiva con bombardeos selectivos.Pero, lo malo para los que seguimos los acontecimientos desde nuestras casas, es que seremos protagonistas de la ruptura que inexorablemente se produce entre la sociedad civil y los que mandan o nos representan ante los gobiernos de la tierra.En España nos hemos ido haciendo pacifistas. Nuestra generación y la de nuestros hijos han superado la complacencia y la tolerancia con las guerras para imponer un cierto orden mundial.Ya resultaban incomprensibles las historias de nuestros padres sobre lo que acontecía en tiempo de guerra , cuando hacían referencia a la contienda civil española, que dejó irreversiblemente traumatizados a los miembros de una generación.Hoy, no podemos entender el empecinamiento de quienes se sienten legitimados para darle la espalda a todo un movimiento ciudadano e institucional, que irá creciendo en indignados, con razones para sentirse mal representados.Rupturas en muchos espacios de la vida en la sociedad, precisamente cuando habíamos hecho esfuerzos para establecer puntos de encuentro y formas de vertebración entre sociedad y poder.La noticia de la presentación de mociones en todas las autonomías para que el Gobierno ni apoye la guerra, ni ceda las bases militares. O la de que un Parlamento insta a la ciudadanía a continuar alzando su voz contra la guerra. O las manifestaciones ante el Congreso de los Diputados de Madrid de una ciudadanía contraria a la guerra. Y, por qué no decirlo, la postura de las máximas jerarquías de la Iglesia Católica.