NO TENGO la experiencia vital de asistir a la caída de una dictadura. En España no fuimos capaces de traer la libertad por la movilización del pueblo. La democracia llegó tras la muerte física de Franco. En Portugal tampoco pudieron con Salazar, y solo un golpe militar alumbró su democracia. Para restaurarla en la arrogante Francia fue necesaria toda una invasión extranjera, de ingleses y americanos, como siempre, que murieron en sus tierras para liberarla de la Alemania nazi. La propia Alemania le debe su federalismo actual al sacrificio de vidas norteamericanas , inglesas y aliadas. Que aún encima les dieron miles de millones para ayudarlos en la reconstrucción de postguerra; en lugar de pedirle indemnizaciones y responsabilidades por los daños de su belicismo. En Rusia y todo su imperio comunista, las dictaduras cayeron de pura ruina económica. Todavía hoy produce menos que España. Un gigantesco derrumbe. En Sudáfrica la dictadura del apartheid se hundió por la lucha interna reforzada por el inflexible boicot internacional. En América Latina las transiciones de la dictadura a la democracia son muy variadas, desde el sorprendente referéndum perdido por el dictador Pinochet en Chile -sorprendente por no manipulado-, a la pérdida de una aventura militar como en el caso de Argentina.Pero en todo el mundo la norma, la regla general, es que nunca un dictador abandona voluntariamente el poder. No hay vías pacíficas a la democracia. Y si la dictadura es suficientemente cruel y totalitaria, como en el caso de Corea del Norte, ni la quiebra económica, ni siquiera la muerte del dictador acaba con ella. Le sucede la familia. Ese era el modelo previsto para Irak por Sadam Huseín. Voraz lector de Stalin, aplicó en su país el modelo estalinista al pie de la letra, pero incluso con mayor crueldad. No dio pie a campos de concentración masivos, al Gulag. Simplemente torturó primero y asesinó después a enemigos, oponentes, vecinos y competidores. Pero Sadam no captó las claves del siglo XXI. El petróleo lo hizo tan rico que se convirtió en un megalómano que primero invadió Irán y después Kuwait. Ensayó la guerra química con su propio pueblo kurdo y amparó el terrorismo internacional. Pensó que dando concesiones petrolíferas a franceses y rusos, con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, estaba a salvo, con suficiente cobertura diplomática. Y que rearmándose se haría tan peligroso que nadie se atrevería con él. Se reiría de todos. Podría provocar un holocausto en cualquier parte de su mundo más odiado. Y en medio de la catástrofe recordaría a su madre de Tikrit: «Mamá yo he hecho esto», como James Cagney en Al Rojo Vivo . Satisfaría todos sus complejos.Pero después del 11 de septiembre del 2001 se había convertido en una amenaza palpable, en el terror inadmisible. Sadam se confió, se arriesgó y siguió adelante porque no había precedentes de la situación. Quizás nadie reaccionase hasta el final. Sería un caso único, diferente, el de la caída de una dictadura para prevenir el gigantesco mal que podría ocasionar. No había referencias, podía salir bien. Pero se equivocó. Solo por una razón. Sadam nunca se puso en la piel de los amenazados ni de sus posibles víctimas. Siempre fue verdugo, nunca sufrió el terror en su propia carne. Ahora se le han anticipado.