ASÍ SE TITULA una novela del argentino Mempo Giardinelli, que ojalá Aznar hubiera leído antes de haber unido su destino -y el de millones de españoles- a la suerte (mala o buena) de George Bush. La historia que cuenta Giardinelli es la de la imposibilidad de dominar la fuerza irresistible que a veces tienen las cosas para ir encadenándose e ir creando, vertiginosamente, la propia realidad, más allá de la capacidad de control de las personas implicadas. Un hombre corriente, Ramiro, mira a una hermosa joven, Araceli, y su mirada desencadena un torbellino de desastres de los que sólo es posible escapar por medio de una alocada huida hacia delante en la que cada error es siempre más pequeño que el siguiente.Para desgracia de todos, esa es la imagen que hoy proyecta nuestro presidente del Gobierno. Por más que él se vea a sí mismo como una reencarnación, en recio castellano, de aquel Churchill grandioso que se sobrepuso a la cobardía y al egoísmo generales y decidió luchar en tierra y mar contra el demonio hitleriano, lo cierto es que Aznar recuerda sobre todo a un actor que deambula por el escenario completamente despistado al haberle obligado el director a cambiar constantemente de papel.¿Cómo hacer a un tiempo de Sancho y Don Quijote, de Hamlet y Pinocho? Primero fue la necesidad de desarmar a Irak; después su relación con Al Qaeda; más tarde, el compromiso para reordenar Oriente Medio; al fin, la deposición del sátrapa Sadam. Y Aznar, ciego de admiración por haber sido convidado a la cena del señor, chupando rueda.De haber existido de verdad, cualquiera de esas causas hubieran sido defendibles ante la opinión pública mundial. Y hubieran permitido al actor principal (Bush) y a los actores secundarios (Blair y Aznar) ir formando poco a poco una troupe bien nutrida de aliados, tanto al menos como la de la Guerra de Afganistán o la del Golfo.Pero -hoy lo sabemos con una certeza indiscutible- ni era el terrorismo; ni la búsqueda de nuevos equilibrios; ni la destrucción de las armas prohibidas; ni el final de una dictadura criminal. No: era la fijación sin titubeos de la hegemonía americana.Un objetivo al que Bush ha subordinado, por supuesto, la autonomía de sus más fieles aliados, quienes, como corchos sobre la ola que controlan los halcones del Pentágono, se han visto forzados a decir que sí en escenarios sucesivos que se iban pareciendo cada vez menos al que el gran hermano les había prometido: el sí de las Azores, bajo la luna caliente del Atlántico, representa, por eso, el dramático final de una historia inexplicable. Por más que Aznar se haya empeñado ayer en explicarla en el Congreso.