EL PROBLEMA de las dictaduras es que, lejos de contentarse con cercenar las libertades políticas, generan una cultura de irresponsabilidad y falta de honestidad que se traslada a todas las actividades sociales, haciendo de la corrupción un pilar fundamental para la adhesión de las élites y el pago de las fidelidades inquebrantables. Así era, si ustedes lo recuerdan, el régimen de Franco, en el que a nadie le extrañaban las leyendas de pícaros y estafadores que acompañaban a las grandes fortunas. Unos cobraban el peaje de ciertas importaciones, otros obtenían fabulosas concesiones de servicios o adjudicaciones de obras, el de más allá gobernaba a capricho una entidad crediticia, y el cuarto tenía mucha mano para mover expedientes en la Administración. Y así se fueron creando, como si de una lotería se tratase, algunas de las grandes fortunas que dominaron medio siglo de la historia de España. Llegada la democracia, y a pesar de lo que algunos creen, el aire empezó a entrar por los resquicios de aquellos herméticos negocios, y muy pronto empezamos a tener sensibilidad para distinguir lo que vale de lo que no vale, y lo que puede contarse como la historia de un listillo frente a lo que representa un latrocinio criminal con todas sus consecuencias. Pero enseguida nos dimos cuenta también de que los negocios, la banca, la empresa y el comercio también necesitan una cultura, y que no es fácil pasar de un país de pillos a otro de altos ejecutivos. Y por eso hemos tenido que asistir a un rosario de escándalos, procesamientos y encarcelamientos que culminaron ayer mismo con la condena confirmada de Alberto Cortina y Alberto Alcocer. La lista de ídolos caídos es impresionante, con nombres tan importantes como Mario Conde, Javier de la Rosa, Mariano Rubio y Amusátegi, sin necesidad de contar para ello con las investigaciones sobre delitos fiscales que rodean a Botín, o las estafas financieras de Gescartera.Por eso es normal que muchos ciudadanos se pregunten qué nos pasa, y si es normal que, igual que sucedió con los políticos del PSOE, tengamos que ver en el juzgado a todos los protagonistas de la era del pelotazo. Pero no nos engañemos, porque, lejos de conectar esta plaga con la vida democrática, tenemos que ser conscientes de que estamos pagando las consecuencias de una falta de cultura de los negocios heredada del franquismo, que ahora reluce, precisamente, porque tenemos instrumentos y voluntad de limpiarla. Por eso cabe esperar que la condena a los Albertos no sea una cuenta más en el rosario de delitos, sino el fin de una especial transición que se ha desarrollado con éxito en el terreno de los negocios y la banca. Información en las páginas 27 y 28