UNO, QUE EN sus primeros años de estudiante tuvo que convivir con la reputación de ser un poco bala , se vio obligado, en repetidas ocasiones, a ocupar el rincón de la clase. El que estaba para purgar las desobediencias y desatinos. Por revoltoso, por no hacer los deberes, o por mal comportamiento. Pero el rincón de la clase de los castigados no supuso nunca un trauma para quienes lo ocupamos con frecuencia. Un día estabas allí y al siguiente te colocaban como ejemplo de buen estudiante. En el discurso que el presidente del Gobierno José María Aznar dirigió a sus fieles de la junta directiva nacional del Partido Popular, pidiendo la unidad, basó la posición del Gobierno en la crisis de Irak en tres pilares. Al margen de que pretenda ser coherente con sus convicciones y que exija que los demás no lo seamos, el más llamativo es el de que este país apoya la guerra porque «no queremos ver a España sentada en el rincón de la Historia». Castigada, como el travieso escolar. Muchas veces, a lo largo de su existencia, ha estado España en el rincón. Y se ha recuperado para ocupar lugares de privilegio. Y ha tenido gran poder de decisión. Asegurar que ahora va ser relegada nuevamente es hacer un ejercicio de futurología. Nos amenaza con irnos al rincón. Donde ya deben de estar China, Rusia, Alemania, Francia, Bélgica, Latinoamérica, media África, y toda la Santa Madre Iglesia Católica. Un rincón, por mucho que diga Aznar, francamente interesante. Ocupar el rincón de la clase, como ocupar el rincón de la Historia, no supone vejación, o ultraje. Es sencillamente, una posición transitoria que debe asumirse con nobleza. Porque, llegados a este punto, más del 90% de los españoles estamos dispuestos a instalarnos en ese rincón de castigo, antes de que sobre nuestras conciencias recaiga la muerte de un solo ser humano.