A PESAR DE que la ciudadanía grita en silencio su rechazo moral a una agresión armada a Irak, nuestros gobernantes siguen emperrados en ayudar a los amos a cambiar su miedos por matanzas. ¡Por responsabilidad! Atribuyen a Sadam Huseín suficiente arsenal para amenazar al mundo libre. Que un país machacado por la guerra del Golfo y posterior embargo haya podido armarse hasta los dientes y quiera repetir suerte, eso es cosa mala de tragar. Porque, si así fuera, los inspectores habrían encontrado algo más que unos misiles de menos alcance que la catapulta de Santiago; y, por la respuesta serena a las bravuconadas norcoreanas, cabe suponer que el hijo de su padre no se arriesgaría a una expedición militar con pérdidas humanas que le costasen el segundo mandato presidencial. Hablan de defender la legalidad internacional y llevar la democracia a Irak. Entonces no podrían ir de acólitos y celestinas de quienes la torpedean sin empacho (verbigracia la Corte Penal Internacional), y se han cargado a cuantos gobiernos democráticos les vino en gana y apoyado a dictaduras sanguinarias. No están por el derecho los que osan dispensarse de la autorización de la ONU para exigir a los débiles que cumplan sus resoluciones. Para hacer el artículo, sostienen que derrocar al líder iraquí facilitará el exterminio del terrorismo internacional, y eso que la conexión no pasa de conjetura. No las piensan bien: cobrar a la población civil inocente los crímenes de los terroristas es preparar el caldo de cultivo para su propagación. Un asuntillo colateral: los que aceptan la doctrina de la guerra preventiva como medio legítimo de lucha antiterrorista, ya no pueden negarse a indultar a los condenados por los GAL. Ellos también creían que la paz no baja sola del cielo.