EL ANTROIDO atravesó ayer el mundo dejando su reguero de confeti y griterío. ¿Qué nos ocurre que estamos tan deseosos de armar bulla? Los hombres se travisten y ponen morritos, las mujeres se pegan bigote o pelucón, los niños sacan las pistolas de agua. Y las niñas, ah las niñas... Yo, por ejemplo, siempre quería vestirme de princesa pero acababa irremediablemente disfrazada de vieja o de pastora. Por eso, cuando veo a esas criaturas que posan pintarrajeadas y enjoyadas delante de sus padres, siento sana rivalidad y mucha envidia. Recuerdo carnavales adolescentes de juerga y alboroto y bailes en el Casino o en la Hípica, en aquella época en que enmascararse era descubrirse ante los otros. Recuerdo revolver todos los armarios de la casa y apropiarme de abrigos de piel de rata, de pañoletas y narices, de monos de butanero y sombreros mexicanos y salir con mis amigas a apatrullar las calles en aquella ciudad donde aún existían cines de barrio sin combo o palomitas.