Otra forma de decir las cosas

OPINIÓN

A RODOLFO Martín Villa, comisionado para el caso Prestige , aún se le notan los hábitos de una transición hecha a golpe de consenso, de lealtad institucional y de buen rollo parlamentario. Su capacidad para dar soluciones definitivas a esta crisis está muy limitada por los errores iniciales, por la falta de técnicas convincentes y por la magnitud, dispersión y duración del vertido, y, dada su experiencia en aguantar a pie firme las situaciones más difíciles, parece que está curado de la tentación de hacer milagros. Pero todo indica que el comisionado acertó plenamente en el enfoque y en los objetivos de su novedoso cargo -quizá debiéramos llamarle embolado- y que está logrando cosas que parecían imposibles. Para empezar, las palabras de Martín Villa no ofenden a nadie y, aunque a veces se le reprocha una excesiva generalidad y cautela en sus declaraciones, nadie se siente engañado por sus palabras ni asoballado por sus actitudes. Cuando desconoce un dato, lo dice. Cuando debe reconocer que la situación tiene flecos inabordables, lo reconoce. Cuando necesita aclarar que ejerce un cargo de confianza y que su misión no consiste en acosar políticamente a los gestores del naufragio, lo aclara. Y cuando tiene que rectificar planes, presupuestos y plazos, fijados con optimismo ignorante, lo hace. Por eso es respetado por la opinión pública y la oposición parlamentaria, y por eso va camino de convertirse en la clave de un diálogo social e institucional que la prepotencia del Gobierno había desterrado. Sin alharacas, y con una discreción que adorna el buen juego político, el señor Martín Villa ha descendido a todos los terrenos del problema, ha hablado con las organizaciones afectadas y les ha preguntado lo que quería saber. Poco a poco se está ganado una confianza personal que puede facilitar la gestión de un asunto que amenaza con asentarse entre nosotros durante varios años. Y por eso se explica que estemos dispuestos a oírle hablar de plazos razonables, de problemas que resurgen cuando parecían resueltos y de una recuperación de las actividades pesqueras, marisqueras y turísticas que tienen que convivir con los procesos de limpieza natural y artificial del mar. Pero lo más curioso del caso es que todo este camino lo hizo Martín Villa con un simple cambio de discurso, tan lejos del masoquismo político como de la prepotencia insoportable, y tan fiado de los informes científicos como del sentido común de la gente del mar. Porque nadie sabe mejor que él que la única actitud razonable frente a un toro enfurecido es cogerlo por los cuernos. Sin despeinarse. Sin subir la voz y con un toquecito en las gafas. Como hace Martín Villa.